VI Domingo del Tiempo Ordinario (c)


Orar en la Ciudad
III.


Al metro de Chicago lo llaman elevado, porque los rieles van por arriba durante casi todo el trayecto y solamente entran en la tierra en algunos puntos del centro de la ciudad. Si todas las líneas fueran por debajo, pronto darían con el lago Michigan o con alguno de los canales y ríos que atraviesan la ciudad. Esto es similar a lo que sucede con la condición humana: conviven juntos belleza, suciedad, arte, violencia, ternura, familias enteras y familias rotas, la suma de la gloria y de la miseria humanas. Lo mejor de todo es que Cristo ha tomado sobre sí todo esto. El resultado del amor y el resultado del pecado. La vida es desordenada y ahí es donde la asume Jesucristo.

En mi trayecto, el metro pasa por un barrio bastante pobre y de gente hispana. Esta es la gente que siento como más mía. Esta es la gente que escribe su vida que yo luego –a veces muy torpemente– intento traducir. Son emigrantes, como yo, pero su emigración es muy distinta a la mía porque la suya es obligada, mientras que yo quise la mía. De todas formas, todos estamos de viaje, y todos nosotros producimos los sonidos de un lenguaje que no es el de nuestras madres. Tenemos acento. Como Jesús, el Galileo[1].

Y es en la vida dura, de sacrificio y a veces de violencia, de desarraigo y de esperanza de este pueblo donde Dios me enseña cada día mi propia vida, lo que de verdad es importante. En esta vida que celebra y comparte en colores vibrantes y en ruido toda gracia recibida en dolor y en alegría.

Y hay también mañanas misericordes, como hoy, en que por unas horas, hay un atisbo de perfección y de limpieza. Hoy ha nevado y hay encaje hasta en los árboles, como si se tratara e una enorme boda. Ha tapado los grafitti, el deterioro de muchas casas, el desorden que se adivina desde el tren en las ventanas de las casas. Esto es el sueño de otra tierra. Es un sueño fugaz, pero tan real que ayudará a la memoria de otras horas. Es un sueño fugaz porque pronto reaparece el negro de los neumáticos, de pasos, la realidad que vuelve. No es aquí donde se celebrará la enorme fiesta. Pero es aquí donde se vivirá la preparación y el sueño. Porque son las huellas del mismo Señor las que pisan la nieve. Sangre negra de humos y de barros. Y hielos peligrosos donde resbalan pies no tan seguros.

Es aquí donde, por un momento, se vive el sueño real de la resurrección y de la fiesta eterna. Porque aún hay niños, con la nariz pegada a la ventana, que esperan que nieve otra vez ■



[1] El autor hace referencia sin duda al pasaje de Mc 14, 68-70 (N. del E.)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris