Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

A este domingo la Iglesia lo ha llamado tradicionalmente de Ramos, en él se recuerda le entrada triunfal del Señor en Jerusalén en medio de palmas y hosannas[1]; es el comienzo de la Semana Santa. Únicamente dos veces al año la liturgia presenta completa la pasión del Señor[2], ésta es una de ésas dos ocasiones.

El Señor entra en la ciudad santa sobre un burro, como un príncipe de la paz, como un rey espiritual, como un salvador de almas. El borriquillo no tenia en Oriente ni el sentido rústico en occidente le hemos atribuido, ni la ternura poética que le dio Juan Ramón Jiménez. El asno era, en Palestina, cabalgadura de personas nobles, ya desde los tiempos de Balaán[3].

Y el Señor, al elegir esa montura, no busca tanto la humildad, como el animal normal entre las personas de su país, similar al que la novia usaba el día de su boda o al que se ofrecía a cualquier persona a quien se quisiera festejar. Jesús busca, sobre todo, el cumplimiento de una profecía. Cuando los evangelistas señalan con tanta precisión la profecía de Zacarías es porque, casi seguramente, el mismo Maestro aludió expresamente a ella:

¡Exulta sin freno, hija de Sión!
¡Grita de alegría, hija de Jerusalén!
He aquí que viene a ti tu rey.
Justo él y victorioso,
humilde y montado en un asno,
en un pollino, crío de asna
[4].

La profecía de Zacarías nos ayuda a entender la escena en toda su profundidad: se trata evidentemente de un rey, pero de un rey mucho más espiritual que político.

¿Comprendieron esto último en toda su profundidad aquellos que estaban con el Señor en esos momentos? Posiblemente no. Y quizás veinte siglos después nos suceda lo mismo.

El Domingo de Ramos –y lo mismo toda la Semana Santa- no es una celebración más o menos larga -o más o menos aburrida- con la que hay que cumplir año con año y que, de paso tranquiliza la conciencia.

En el Domingo de Ramos histórico vemos a unas docenas –tal vez centenares- de personas que gritan en torno a Jesús. No son revolucionarios ni guerrilleros como muchos han querido ver, son –como cada uno de nosotros- personas llenas de esperanza pero que no saben con mucha claridad qué es lo que esperan.

Jesús, por primera vez en su vida permite aquellos aplausos y aquellos gritos. Él mismo sabe que muy pocos entienden claramente el sentido verdadero de su misión y cuál es la salvación que él trae. Sabe también que pronto vendrá la noche, y que sus apóstoles –y muchos de nosotros- no estaremos con él.

Dejémonos guiar a lo largo de estos días por la liturgia de la Iglesia. Pongamos atención a cada una de las celebraciones. Ciertamente habrá parroquias en que los oficios estén menos preparados; habrá otras en los que lo estén más, sin embargo el Espíritu de Dios latirá en todos ellos. Jesucristo nunca deja sin intrínseca protección a su Esposa. Ni a ninguno de nosotros. Es cuestión de atención y cariño. Es cuestión de amor ■

[1] La palabra Hosanna en su sentido etimológico primitivo tenía un sentido directísimamente religioso y se traducía por “Yahvé salva”. Pero en tiempos de Cristo había perdido su sentido etimológico y se había quedado como puro grito de júbilo que equivaldría simplemente a nuestro “¡Viva!”. A esto se añadía un segundo dato importante. En la fiesta de los tabernáculos todo judío llevaba en sus manos dos ramos –el lulag y el etrong- el primero de los cuales era de cedro, y el segundo una palma, adornada con mirto y sauce. Esta palma, que los judíos agitaban en esa procesión, había tomado el nombre de Hosanna, precisamente del grito que se pronunciaba al agitarla. La palabra, pues, había perdido todo sentido político y era una pura manifestación de entusiasmo que podía unirse a cualquier otra frase. De hecho, en este caso, el contexto del Hosanna es simplemente un sinónimo de “bendito”, con lo que la teoría de Joel Carmichel –por citar sólo un ejemplo- de subrayar el carácter político-revolucionario de la entrada del Señor en Jerusalén, resulta inútil.
[2] El Domingo de Ramos y el Viernes Santo.
[3] Cfr Num 22, 21. el asno era montura de honor ya en el segundo milenio antes de Cristo, Cfr también Jc 5, 10; 10, 4; 12,14.
[4] Seguimos la traducción propuesta por la Biblia de Jerusalén. El Mesías será humilde (‘anî) cualidad que Sofonías (3,12) atribuiría al pueblo futuro, renunciando al boato de los reyes históricos. Así, el rey mesiánico tendrá la antigua montura de los príncipes (Cfr Gen 49, 1. y se dice que el rey es justo no en el sentido de que el administrará justicia (Cf. Is 11, 3-5), sino en el sentido de que será objeto de la justicia de Yahvé, es decir, de su poderosa protección (Cfr Is 45, 21-25). Si hoy tienes un momento –no es ninguna irreverencia hacerlo; la música es buena porque viene de Dios- y quieres experimentar con los sentidos –que también son obra de Dios- la alegría que suponía ésta profecía para los israelitas, te sugiero que escuches el aria que compuso Haendel para su Mesías correspondiente a ésta profecía (Za 9:9-10), el texto inglés es bastante expresivo, y la música del autor lo hace aún más:
Rejoice greatly, O daughter of Zion;
shout, O daughter of Jerusalem: behold,
thy King cometh unto thee. He is the
righteous Saviour and He shall speak
peace unto the heathen.

Ilustración: Imagineria popular, Apóstoles durmiendo, Convento de Santa Catalina, Sevilla.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris