Sábado Santo


Durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando en su pasión y muerte, y se abstiene de celebrar el Sacrificio de la Misa, por lo que conserva el altar completamente desnudo hasta que después de la Vigilia solemne de la Resurrección se desborda de alegría pascual, cuya exhuberancia se extiende durante los cincuenta días siguientes[1].

Sábado santo: el día en que el Rey duerme, y la Iglesia cuida ¡vela! ése sueño. La Liturgia de las Horas lo expresa con una belleza incomparable:

Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana:
en el tálamo nupcial
el Rey descansa

Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda

Llegad al jardín yaciente, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas:
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.

Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas;
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada. Amén
[2].

De todos los problemas con que el hombre se enfrenta, la muerte es el más duro de todos. Terrible es la injusticia; espantoso es el dolor; amargo el amor que no llega a su meta o se ve un día traicionado. Pero es la muerte lo que lo entenebrece todo lo demás.

Y la muerte es aún más dolorosa por lo que interrumpe que por lo que es. ¿De qué sirve un gran amor que ha de durar sólo unos pocos años? ¿Para qué luchar, si toda lucha ha de terminar y buena parte de sus frutos no serán disfrutados por el que lucha?. No es mala la muerte por lo que es. A su luz todo se hace relativo y el hombre se ve obligado a pensar si vale la pena encarnizarse, sufrir, sangrar, llorar, gastarse, por bienes tan absolutamente pasajeros.

Porque –y todos me darán la razón- todo cambiaría si tuviésemos la certeza interior de que las cosas continúan de algún modo «del otro lado».

Por eso este misterio –el de saber qué hay o qué no hay después- es aún más hondo que el de la muerte, más desconcertante. ¿Qué hay tras esa puerta? ¿Hay verdaderamente algo?

Y el problema desciende hasta lo más personal e íntimo de cada uno, de cada una. Cuando yo haya muerto ¿todo habrá acabado para mí? ¿Seguiré existiendo de algún modo, en algún sitio? ¿Continuaré siendo el hombre que soy, tendré memoria, mantendré de algún modo mis ilusiones de hoy, prolongaré, de alguna manera, mi obra, mis amores?

Todo esto se hace más agudo y más doloroso con respecto a aquellos que amo. Muchos han muerto ya. ¿Existen de alguna manera? ¿Siguen recordándome como yo les recuerdo, me aman aún como yo les amo? Esta memoria mía, este cariño hacia ellos que se mantiene en mí, obstinado, pertinaz ¿es simplemente humo y sueño? ¿O hay en algún sitio un recuerdo que responde a mi recuerdo, un amor que corresponde a mi amor? Y aquellos que hoy amo y que aún viven ¿podrán borrarse definitivamente mañana? ¿dejarán un día de amarme para siempre? Si mañana murieran ¿ya nunca más me reuniría con ellos? Y si me reuniera ¿me reconocerían? ¿Seguirían ellos siendo «ellos» y yo continuaría siendo «yo»? ¿Nuestro amor de hoy tendría un nuevo capítulo, tal vez inacabable?

Muy posiblemente preguntas como éstas rondaban la cabeza de los amigos de Jesús aquella tarde del sábado en Jerusalén. Habían entregado al Maestro la totalidad de sus vidas. No solo sus aspiraciones religiosas, sino todo su ser. Por él habían abandonado sus familias, sus medios de vida. Le habían seguido con una gran entrega, aún dentro de sus miedos, de sus fallos, de su traición final. Creían en él con la cabeza, con el corazón, con la fe, con sus mismos cuerpos. El era todo. Con él giraba el sentido del mundo.

Y ahora había muerto ¿o sólo dormía? Aquella cruz no era para ellos sólo la muerte de un amigo: no era siquiera la pérdida de un amor; era el hundimiento mismo de todo el mundo. Con su muerte lo perdían todo y empezaban a preguntarse si, al morir, no habrían muerto ellos también.

¿Es que no se acordaban de la resurrección de Lázaro sucedida pocos días antes? ¿No estaba Lázaro acaso junto a ellos en esas horas? Quizá acudieron a verle y a tocarle. Ellos habían percibido el olor de su cadáver, ellos le habían visto salir de la tumba[3]. ¿Y por qué no Jesús?

Duro misterio éste de la muerte, misterio que hoy, Sábado Santo, tenemos la oportunidad de contemplar, de meditar, con la maravilla que supone hacerlo junto al Rey que duerme, que no ha muerto, que ha de resucitar. Para siempre.

[1] Homilía preparada para el Sábado Santo, 22.III.2008
[2] Himno del oficio de Laudes del sábado Santo, de la Liturgia de las Horas, p. 478 de la edición para América Latina.
[3] Cfr Jn 11, 1-45.


Ilustración: Jean-Jacques Henner, Jesús en la tumba (1879), óleo sobre tela, Musée d'Orsay (Paris)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris