Viernes Santo


Pensando en que cada quién dedicará su propio tiempo y espacio a la persona del Señor que muere en la cruz, querríamos dedicar unas líneas a uno de los personajes más entrañables de éstos días: Pedro. Ese Pedro impetuoso y apasionado. Ese Pedro columna de la Iglesia. El Pedro enamorado.

A Pedro le va mal aquellos días. En el Huerto de los olivos –el comienzo de la Pasión- había intentado defender a su Maestro, pero la orden de Jesús de que volviera la espada a la vaina lo había dejado desconcertado[1]. Se llevan a Jesús y Pedro va, junto a Juan, a casa del sumo sacerdote.

Y las cosas empiezan a complicarse aún más. Pedro procuraba pasar inadvertido. Y quizá pensó que la mejor manera sería hacer lo que hacían los demás. Se acercó al fuego con todos y tendió sus manos hacia las llamas. El resto de la escena la recordamos bien: cuando le reconocen comenzó a echar imprecaciones y a jurar que no conocía a ese hombre que decían[2].

Podríamos llamar sin duda a ésta la noche de las miradas. Después de aquellos juramentos de Pedro las puertas del tribunal se abrieron y Cristo salió, empujado, entre un grupo de soldados. Fue en éste momento cuando el gallo cantó por segunda vez. Esta vez su grito se clavó en el alma de Pedro, que recordó las palabras de Jesús en la cena: Antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres[3]. La voz del gallo fue para Pedro como un relámpago que iluminó hasta el fondo de su alma. Y, en un segundo, midió lo profundo de su traición.

Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para pensar. Justamente en aquel momento, Jesús, con las manos atadas, golpeado por quines le conducían, pasaba delante de él. Y volviéndose, el Señor miró a Pedro[4]. No debió ser ¡claro que no! una mirada de reproche, sino de infinita compasión. Y Pedro se sintió sobrecogido. Cuado quiso devolver esa mirada, Jesús ya se había alejado entre empujones. Pedro sintió entonces que sus ojos se llenaban de lágrimas.

Todo hay que decirlo: si es difícil entender el por qué de la traición de Judas, es mucho más complicado comprender qué llevo a Pedro a unas negaciones así. ¿El miedo? ¿No amaba Pedro apasionadamente a su Maestro? ¿Mentía al asegurar que estaba dispuesto a morir por él? ¿Eran falsas sus promesas de fidelidad?

En Pedro se da una mezcla extraña de amor y desamor. Si no hubiera amado al Maestro no había entrado en el patio del sumo sacerdote; si le hubiera amado con suficiente coraje, no hubiera vacilado en presentarse como discípulo suyo. Si en él no hubiera mandado el desamor, a estas horas estaría escondido con los demás apóstoles. Y si el desamor no hubiera habitado en él, jamás habría llamado a su maestro ese hombre. Su alma era, en esos momentos ¡ay! ese extraño pozo que suele ser el corazón humano. A la hora de las promesas entusiastas, bajo su corazón seguía latiendo una ingenua confianza en sí mismo. Y, a la hora de las traiciones, bajo sus negaciones seguía sangrando un corazón amante.

Ese amor de Jesús era el que iba a salvarlo. Por eso, los ojos de Jesús, que no lograron desarmar a Judas, produjeron un vuelco en el corazón de Pedro.

Nunca más olvidaría esa mirada. Había sido tan tierna como la que dirigiera a Judas en el huerto. Era una de esas ternuras mucho más irresistibles que el enojo. En aquellas décimas de segundo Pedro revivió dentro de sí los últimos tres años de su vida. Le pasaron por delante muchos momentos entrañables: la pesca milagrosa[5], el momento en que Jesús le da el sobrenombre de Pedro[6], su escándalo ante la pasión[7], la curación de su suegra[8], la unción en Betania[9]. Todo. Se sentía el más desdichado de los hombres por haber negado a aquel en quien había puesto toda su confianza, aquel a quien había entregado su vida, aquel en quien se fundamentaba y tenía sentido todo su ser y su existencia.

Comentando la Pasión del Señor, Papini pone en boca de Jesús estas palabras:

«También tú, que has sido el primero, en el que más he confiado; el más duro, pero el más inflamable; el más ignorante, pero el más ferviente; también tú, Simón, el mismo que proclamaste cerca de Cesarea mi verdadero nombre; también tú que conoces todas mis palabras y que tantas veces me has besado con esa misma boca que dice que no me conoce; también tú Simón Piedra, hijo de Jonás, reniegas de mí ante los que se disponen a matarme? Tenía razón aquel día al llamarte escándalo y reprocharte que no pensabas según Dios, sino según los hombres. Tú podías, al menos, desaparecer, como han hecho los demás, si no te sentías con fuerza para beber el cáliz de infamia que tantas veces describí. Huye, que no te vea más hasta el día en que esté verdaderamente libre, y tú verdaderamente rehecho en la fe. Si tienes miedo por tu vida ¿por qué estas aquí? Y si no tienes miedo ¿por qué me rechazas? Judas, al menos en el último momento, ha sido más sincero que tú; ha ido con mis enemigos, pero no ha negado que me conociese. Simón, Simón: te había dicho que me dejarías como los demás; pero ahora eres más cruel que los demás. Te he perdonado ya en mi corazón; perdono a todos a quienes me hacen morir, y te perdono a ti y te amo como te he amado siempre. Pero ¿podrás tú perdonarte a ti mismo?».

Por eso las lágrimas subieron a sus ojos. Para mayor asombro de Pedro eran lágrimas mansas. Podía haber sentido algo parecido a la angustia, pero sólo experimentaba una inmensa tristeza por sí mismo. Y al mismo tiempo una enorme pobreza. En otras circunstancias, hubiera pensado que sus lágrimas eran algo heróico; se hubiera complacido en su arrepentimiento, como antes en su traición. Habría comenzado a darse grandes golpes de pecho. Pero ahora ni como malo se sentía grande. Era pequeño hasta en sus lágrimas.

Ni siquiera sintió la tentación de un arrepentimiento espectacular: comenzar a gritar que había mentido, que él era el discípulo de aquel hombre, que deseaba morir a su lado. Ahora no se sentía digno de nada. Lloraba simplemente, como un niño avergonzado. Se dirigió a la puerta tambaleándose. San Mateo lo dice con una fuerza impresionante: Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente[10].

En aquel momento –empezaba a alborear- se dio cuenta de que aún tenía que comenzar a ser discípulo de Jesús. Pero, al mismo tiempo, tuvo la absoluta certeza de que un día le amaría de veras.

No volveremos a encontrarnos con Pedro hasta la mañana del domingo cuando en compañía de Juan va al sepulcro y se convierte en testigo de la resurrección[11]. El relato no nos dice dónde ha pasado la noche del viernes ni todo el sábado. Es muy posible que en compañía de la Virgen y de los demás apóstoles –la bendita fraternidad apostólica, la bendita fraternidad cristiana- meditando todo lo que ha sucedido y preparándose interiormente para los acontecimientos que vendrían después con la certeza de que el corazón amante de Jesús seguía queriéndole, seguía contando con él para que fuera su columna, su fundamento, su roca.

Pedro –ese Pedro impetuoso y apasionado. Ese Pedro apóstol de Jesús y columna de la Iglesia. Ese Pedro enamorado- pronto tendría la oportunidad de restañar las heridas que con su negación había hecho al corazón del Señor[12], y lo haría en un sitio entrañable para él y para los otros, mucho más para Jesús: el mar de Galilea, aquel lugar donde tres años antes le habían visto por primera vez[13]. Nuevamente el texto evangélico se vuelve entrañable y humano: Y le llevo donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas –que quiere decir piedra[14].

[1] Cfr Jn 18, 11.
[2] Mc 14, 71.
[3] Jn 13, 38; Lc 22, 34.
[4] Lc 22, 61.
[5] Lc 5,11.
[6] Mt 16, 18.
[7] Id v. 21.
[8] Mt 8, 14-17; Mc 1, 29-31; Lc 4, 38-41.
[9] Mt 26, 6-13; Mc 14, 3-9; Jn 12, 1-11.
[10] 26, 75.
[11] Cfr Jn 20, 2.
[12] Id., 21, 15.
[13] Id., 1, 41.
[14] Id., v. 42

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris