III Domingo de Adviento

Para más de alguno el color de la casulla que usamos hoy los sacerdotes será el motivo perfecto para hacer un chiste. Y los sacerdotes lo sabemos, y sabiéndolo obedecemos lo que nos indica la liturgia y subimos al altar a celebrar la Eucaristía vestidos… de rosa.

El color de la casulla significa muchas cosas: alegría, esperanza; un alto en el camino del adviento para volvernos a recordar que la llegada del Salvador ésta cerca. En realidad el color rosa es como el color de la aurora –es decir, del amanecer- que prepara la tierra para la llegada del Sol[1].

La liturgia de la Iglesia –y digo esto principalmente para todos aquellos que de vez en cuando vierten alguna crítica de esas amargas hacia ella, hacia la Iglesia- quiere que a través de los sentidos –el gusto, el tacto, la vista, el oído y el olfato- nos acerquemos a las cosas de Dios. Por eso la liturgia utiliza distintos olores y colores en cada uno de sus tiempos. La Iglesia sabe que somos humanos, y que las cosas las asimilamos más sencillamente si las podemos ver, tocar, oler.

El incienso –por ejemplo- que utilizamos en las celebraciones es un signo, el humo es como las oraciones que suben a la presencia de Dios[2].

Cuando el sacerdote se lava las manos antes de empezar la plegaria eucarística es otro signo, lo mismo cuando levanta las manos e invita a la asamblea a levantar el corazón al Señor.

La liturgia está llena de símbolos ¿sabemos descubrirlos? ¿Sabemos verlos con atención? Sorprende el esfuerzo y el ingenio que ponemos muchas veces para las cosas del mundo, y el poquito empeño que ponemos a veces para las cosas de Dios, cuando tendría que ser exactamente al revés, o por lo menos en la misma medida. Las cosas del mundo –la música, los deportes, el arte, etc.- no son malas, porque salen de la mente del hombre y el hombre fue hecho por Dios, sin embargo no son lo más importante en nuestra vida.

Si la liturgia de la Iglesia se preocupa por darnos lo mejor, lo óptimo, lo que más nos ayude a elevar nuestro corazón a Dios ¿cómo hemos de corresponder nosotros? Con un silencio reverente, con una actitud de respeto y de atención. Ojala que entendamos de una vez y para siempre que la parroquia, y concretamente la celebración de la Eucaristía no es lo mismo que ir al cine, o a los toros, o a un partido de fútbol o a echar un café con los amigos. Son realidades completamente distintas, que requieren actitudes distintas, y en saberlas diferenciarlas está nuestra madurez como católicos.

Vienen días –el tiempo de Navidad- en que habrá muchos signos. El morado de los ornamentos se cambiará por blanco. Volveremos a cantar el Gloria, el uso del incienso será más frecuente, etc. habrá muchos más elementos litúrgicos que nos ayudarán a entender que es un tiempo de alegría, de júbilo, de adoración, de acción de gracias.

Que la liturgia de la Iglesia encuentre nuestro corazón dispuesto, nuestro corazón abierto, nuestros sentidos expectantes, dispuestos a recibir aquello que nos quiere dar y a hacerlo vida en nuestro interior, para nuestro provecho espiritual pero sobre todo para honor y gloria de la Trinidad Santísima, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por quienes somos, nos movemos y existimos[3].

[1] De dedos de rosa -rhododáctylos Eós- dice poéticamente homero en la Iliada.
[2] Suba mi oración delante de ti como el incienso (Sal 141, 2)
[3] Hech 17, 28a.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris