Natividad del Señor (Vigilia)

En la misa de la vigilia el Evangelio nos muestra con los pastores que dejan sin demora su rebaño, interrumpen su descanso y acuden a ver al Salvador que ha nacido. Por su parte la Virgen personifica la actitud contemplativa y profunda de quien, en silencio, contempla y adora el misterio guardando todas aquellas cosas y meditándolas en su corazón[1].

Existen verdades y acontecimientos que se pueden acoger mejor con el canto que con las palabras, y uno de ellos es precisamente la Navidad. Muchos villancicos cantan la pobreza en la que nació Jesús Con palabras sencillísimas, casi infantiles, se expresa el significado de la Navidad que el apóstol Pablo escribía a los cristianos de Corinto: Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza[2].

Hay infinitas formas de pobreza que, al menos una vez al año, vale la pena recordar, para no quedarnos siempre en la pobreza de los bienes materiales. Existe la pobreza de afectos, la pobreza de educación, la pobreza de quien ha sido privado de lo que le era más querido en el mundo, la pobreza de la esposa rechazada por el marido o del marido rechazado por la esposa; la pobreza de los esposos que no han podido tener hijos, de quien debe depender físicamente de otros. La pobreza de esperanza, de alegría. Finalmente la peor pobreza de todas, que es la pobreza de Dios.

Existen pobrezas, propias y ajenas, contra las cuales hay que luchar con todas las fuerzas, porque son pobrezas malas, deshumanizadoras, no queridas por Dios, fruto de la injusticia de los hombres; pero hay muchas formas de pobreza que no dependen de nosotros. Con estas últimas debemos reconciliarnos, no dejarnos aplastar por ellas, sino llevarlas con dignidad. Jesucristo eligió la pobreza; hay en ella un valor y una esperanza.

Otro canto navideño, quizá uno de los más conocidos alrededor del mundo es Noche de Paz. En su texto original, el autor escribió

Noche de paz, noche de amor,
Todo duerme en derredor.
Entre sus astros que esparcen su luz
Bella anunciando al niñito Jesús.
Brilla la estrella de paz,
Brilla la estrella de paz.


El mensaje de este canto no está en las ideas que comunica (casi ausentes), sino en la atmósfera que crea: una atmósfera de silencio, de reverencia, de expectación. Nosotros tenemos una necesidad vital de silencio. La humanidad –la idea es de Kierkegaard, está enferma de estruendo.[3] La Navidad podría ser para alguno la ocasión de redescubrir la belleza de momentos de silencio, de calma, de diálogo consigo mismo o con las personas. Un texto de la liturgia navideña: Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía, tu Palabra omnipotente, oh Señor, saltó del cielo, desde el trono real[4], y san Ignacio de Antioquia llama a Jesucristo la Palabra salida del silencio[5]. También hoy, la palabra de Dios desciende allí donde encuentra un poco de silencio.

La Santísima Virgen es el modelo insuperable de este silencio adorador. Se nota una diferencia entre su actitud y la de los pastores. Los pastores se ponen en rápidamente en camino: Vayamos hasta Belén y veamos lo que ha sucedido, y vuelven glorificando a Dios y relatando a todos aquello que habían visto y oído. La Virgen calla. Ella, en realidad, no tiene palabras. Su silencio no es un sencillo callar; es silencio, es reverencia, es expectación ¡adoración!, es un silencio religioso, un estar dominada por la grandeza de la realidad.

Vieja y entrañable es la leyenda que resume éstos dos aspectos sobre los que hemos querido reflexionar esta tarde: pobreza y silencio. Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos. María no sabía cómo hacer para recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, le confió a él, por un momento, a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna. Es la suerte más bella que podría sucedernos también a nosotros. Dejarnos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre, tan vacío y silencioso que María, al vernos, pueda confiarnos también a nosotros su Niño.

[1] Cfr Lc 2, 8-19.
[2] 2 Co 8,9
[3] Los temas principales de la obra de Kierkegaard giran en torno al miedo existencial. Para él, "el ser humano es una síntesis de lo temporal y lo eterno, de lo finito y lo infinito, tal encuentro de antinomias en un solo ente (el ser humano) genera en tal ente la angustia". Según Kierkegaard, el hecho de que el deseo de inmortalidad que comúnmente tiene el ser humano contraste ante su finitud "no es la enfermedad mortal", ya que la angustia, si es 'reflexionada' resulta liberadora, pues hace notar al humano su situación. Lo grave y mortal —opina— es la desesperación. La solución es —en esto mantiene destellos de luteranismo— la fe, aunque de ningún modo una fe pasiva; se debe ser un "caballero de la fe", lo cual significa afrontar directamente la existencia, modificarla positivamente aunque "todo esté perdido".
[4] Sabiduría (18,14-15)
[5] Magn. 8,2

Ilustración: Francisco de Herrera, La Sagrada Familia (1636-1637), óleo sobre tela, 194 x 177 cm, Museo de Bellas Artes (Bilbao)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris