XXVII Domingo del Tiempo Ordinario


La virtud de la fe que recibimos cada uno el día de nuestro bautismo y que es un don que Dios nos ayuda a mantener a lo largo de nuestra vida[1], si no la cuidamos, es posible perderla. Sin embargo no se trata de ver las cosas a través del cristal del pesimismo, sino –y siempre- de una manera optimista y positiva[2]. No somos hijos de la desgracia o del destino, sino de un Dios amoroso y providente.

Junto a la virtud de la fe, está la integridad; podría decirse que es como su prima hermana. La integridad tiene un enunciado muy sencillo de comprender. esto pienso [esto profeso], esto hago.

Los católicos creemos que esto –la celebración de la Misa- es el acto de culto más perfecto a Dios. Si lo creemos de verdad, si lo profesamos con el corazón y con los labios…¿Por qué entonces con tanta frecuencia llegamos tarde y atropelladamente? Que no se sienta nadie particularmente aludido, es algo en lo que todos debemos mejorar.

Si creemos firmemente que Jesucristo está aquí, presente, en persona, en medio de nosotros ¿por qué no venir un poco más arreglado, o con unas faldas un poco más largas o unos escotes menos pronunciados? No son preguntas retóricas, mucho menos irrespetuosas; son preguntas para despertar nuestra conciencia [Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida cómo se viene la muerte[3]]

Si no dudamos de la existencia y la presencia del Señor ¿cómo es que somos capaces de leer mañana a mañana el periódico completo, o dedicarle horas a una buena novela y durante las celebraciones somos incapaces de tomar el misal y seguir atentamente la liturgia de la Palabra?

Si Jesús es la Persona que –decimos- llena nuestra vida y en quien ponemos nuestra confianza y nuestra fe ¿cómo es que participamos con apatía y desgano de las respuestas del resto de la liturgia?

[Es decir] Hay muchas interrogantes para cada uno. ¿Podemos realmente vivir sin las cosas del Señor? ¿Sin el Domingo? ¿Sin adorar a Dios en espíritu y en verdad?[4] Papás, mamás ¿nos preparamos –todos- espiritualmente para celebrar la Misa o es ya sólo uno más de tantos compromisos que nos agobian? ¿Damos gracias durante unos minutos después de cada Misa? Hay una frase que está en muchas sacristías de México pues para nosotros los sacerdotes, pero que también aplica a cada fiel cristiano: Sacerdote de Cristo, celebra esta Misa como si fuera tu primera Misa, como si fuera tu única Misa, como si fuera tu última Misa. ¿Estamos aquí como si fuera la primera, la única y la última eucaristía?

Por otro lado, ¿Cómo estamos preparando para la primera comunión en las parroquias, en los colegios, en las familias? ¿Estamos realmente transmitiendo a nuestros niños un hambre y sed de Dios?. En definitiva: ¿Cuál es mi actitud frente a la Eucaristía?[5].

La celebración dominical de la Eucaristía es el acto central de la comunidad cristiana, y se nos olvida...

En la Eucaristía se expresa y realiza la unidad y comunión de cada uno de nosotros la Iglesia particular –la de san Antonio- y universal –la de Roma- y así y sólo así se alimenta la vida espiritual de los fieles… y se nos olvida.
Pongamos más atención: recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida…[6] pocas cosas tan valiosas como esto que estamos celebrando que, además, no nos lleva demasiado tiempo y sí en cambio nos da la vida eterna y paz en el corazón, ésa paz que todos, tanto, andamos buscando


[1] La palabra fe proviene del latín fides, que significa creer. Fe es aceptar la palabra de otro, entendiéndola y confiando que es honesto y por lo tanto que su palabra es veraz. El motivo básico de toda fe es la autoridad (el derecho de ser creído) de aquel a quien se cree. Este reconocimiento de autoridad ocurre cuando se acepta que el o ella tiene conocimiento sobre lo que dice y posee integridad de manera que no engaña. Se trata de fe divina cuando es Dios a quien se cree. Se trata de fe humana cuando se cree a un ser humano. Hay lugar para ambos tipos de fe (divina y humana) pero en diferente grado. A Dios le debemos fe absoluta porque Él tiene absoluto conocimiento y es absolutamente veraz. La fe, más que creer en algo que no vemos es creer en alguien que nos ha hablado. La fe divina es una virtud teologal y procede de un don de Dios que nos capacita para reconocer que es Dios quien habla y enseña en las Sagradas Escrituras y en la Iglesia. Quien tiene fe sabe que por encima de toda duda y preocupaciones de este mundo las enseñanzas de la fe son las enseñanzas de Dios y por lo tanto son ciertas y buenas.
[2] Homilía pronunciada el 7.X.2007, Domingo XXVII del tiempo ordinario (fiesta de Nuestra Señora del Rosario) en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[3] J. MANRIQUE, Coplas a la muerte de su padre.
[4] Cfr Jn 4, 1-42.
[5] www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/apost_exhortations/documents/hf_ben-xvi_exh_20070222_sacramentum-caritatis_sp.html#Eucarist%EDa_e_Iglesia
[6] J. MANRIQUE, Coplas a la muerte de su padre.


ilustración: Mart Tobey, The Last Supper (1945), oil in cavas, The Metropolitan Museum of Art (New York)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris