XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Escribe Mario Quintana, poeta brasileño que ha encontrado en Enrique García-Márquez el mejor editor posible y un traductor que no traiciona[1]:

Si fuese sacerdote, en mis sermones
no hablaría de Dios ni del pecado
—mucho menos del ángel condenado
ni del encanto de sus seducciones;

no citaría santos ni profetas,
ni tampoco sus místicas promesas
ni aquellas sus terribles maldiciones...
¡Si fuese sacerdote, a los poetas citaría. Yo rezaría versos
—y algunos ojala que fuesen míos—
con la emoción temblándome en la voz...!

Pues la poesía purifica el alma
y un buen poema, aunque de Dios se aparte,
un buen poema siempre acerca a Dios.

El Rosario –y estamos en el mes que la Iglesia le dedica- es entre otras muchas cosas un poema; Un poema dedicado a la Santísima Virgen María y, antes, a Jesucristo, segunda persona de la santísima Trinidad.

La intención de Domingo de Guzmán, inventor del Rosario[2], era acercar la vida de Jesús, vivida desde la experiencia de su madre María, al pueblo. A los tres ciclos de misterios –gozo, dolor y gloria- Juan Pablo II añadió el ciclo de los misterios de luz: el Bautismo del Señor, las bodas de Cana, el anuncio del Reino de Dios, la Transfiguración y la Eucaristía.

A lo largo de los siglos el Rosario ha sido recomendado por todos los papas, especialmente por Pío V, que lo prescribió a todo el mundo tal y como se reza hoy día. Al inicio se le llamó Salterio de la Virgen María, porque con su rezo las personas que no sabía leer reemplazaban el rezo del Salterio, es decir los 150 salmos de la Biblia que los religiosos debían recitar cada semana en el rezo del oficio. Por su parte, las letanías lauretanas, es decir, las alabanzas a la Virgen que se recitan al final del Rosario son tan antiguas como el Rosario mismo y fueron compuestas a comienzos del s. V en el santuario de Loreto (norte de Italia) y aprobadas definitivamente a finales del mismo siglo. León XIII añadió, Reina del Santísimo Rosario y Madre del Buen Consejo; Pío IX añadió Reina concebida sin pecado original, Benedicto XV añadió, Madre de la paz, Pío XII añadió Reina asunta a los cielos, Pablo VI Madre de la Iglesia y recientemente Juan Pablo II añadió, Reina de la familia. En definitiva: el Rosario, desde que se compuso y extendió a toda la cristiandad, ha acompañado a la Iglesia[3].

Muchos problemas de las familias contemporáneas –la cita es de Juan Pablo II- especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre santísima.

La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino[4].

Octubre. Mes del Rosario. Mes de las misiones. Mes de dedicar un tiempo más –unos minutos más- al diálogo y hasta poético y confiado con la Madre de Dios y Madre nuestra.

Así sea.

[1] M. QUINTANA, Puntos suspensivos, Traducción y prólogo de Enrique García-Márquez, Edición bilingüe en páginas enfrentadas, Edit. Los Papeles del Sitio.
[2] La Orden de Predicadores (Ordo Praedicatorum, O.P.), conocidos popularmente como Dominicos y Orden Dominicana, es una orden mendicante y fue fundada por Domingo de Guzmán en Toulouse, Francia. Su hábito es blanco con una túnica, escapulario, capucha y una capa de color negro. Utilizan como logo más conocido, la cruz de Calatrava pintada con los colores de la orden. El lema de la Orden es Laudare, Benedicere, Praedicare (Alabar, Bendecir y Predicar)
[3] http://www.devocionario.com/maria/lauretanas_2.html
[4] Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae del 26.X.2002, n. 41.


ilustración:
Virgen del Rosario (Anónimo), Óleo sobre tela: 57 X 41 cms; Siglo XVIII.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris