XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Sin duda la virtud de la fidelidad es el tema que atraviesa hoy toda la liturgia de la palabra de éste domingo, el vigésimo quinto del tiempo ordinario[1].

Fidelidad, una virtud que en realidad está compuesta por varias cosas: confianza en Dios, sentido de la realidad, sencillez, esperanza, compasión, calma en las crisis y adversidades[2].

[Es importante que tengamos claro o que entendamos que] La fidelidad nada tiene que ver con servilismo, o con sentarse a ver la vida pasar. No. La fidelidad implica lucha, esfuerzo y una visión realista de las cosas, del mundo y de la propia situación: ¿quién soy, dónde estoy, qué quiero y qué tengo entre las manos para lograrlo?. Al mismo tiempo, la persona fiel sabe que debe morir a si misma para que su causa viva. El grito de san Pablo a los cristianos de Corinto es profundamente expresivo: Cada día estoy a la muerte ¡sí hermanos! Gloria mía en Cristo Jesús Señor nuestro, que cada día estoy en peligro de muerte[3].

La persona fiel y humilde está en condiciones de asumir y aceptar serenamente todas ésas desilusiones que llegan al comprobar una vez y otra la propia debilidad, los defectos no esperados de los demás, las traiciones inexplicables, la imperfección del mundo, la frustración ante las esperanzas no realizadas, las obras inacabadas que quedan atrás, lo relativo que es todo lo que pertenece a éste mundo[4].

Nuestro Señor también tuvo que abrazarse a la desilusión.

Al final resulta que la persona humilde y fiel –y a eso estamos todos llamados- es realista y persevera, mientras que el arrogante, ingenuo conocedor del mundo, renuncia a terminar la comenzado, precisamente por ésa arrogancia y esa ingenuidad que le hacían sentirse perfecto.

Mantener la esperanza es permanecer en la fidelidad; es creer que, ante Dios, nada se pierde de lo que se ha hecho con intención recta, y que hasta lo más terrible que hayamos vivido dejarán paso a un nuevo día. Dios hace nuevas todas y cada una de las cosas, tiene el poder de renovar todo, de volver a crear todo.


[1] Homilía pronunciada el 23.IX.2007, XXV domingo del tiempo ordinario, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] J. Morales, Fidelidad, RIALP, Madrid 2004, 2ª edición, p. 226.
[3] 1 Cor 15, 31.
[4] Fidelidad, p. 229.


ilustración:


GIOTTO di BondoneNo. 49 The Seven Vices: Infidelity (1306) Fresco, 120 x 55 cm Cappella Scrovegni (Arena Chapel), Padua

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris