XXIV Domingo del Tiempo Ordinario


Las lecturas de esté domingo están atravesadas todas por un tema sencillo de comprender y del que, desafortunadamente andamos todos muy cortos: La misericordia.
Dios renuncia al castigo con el que había amenazado al pueblo[1], san Pablo le cuenta a Timoteo la paciencia tan grande que Dios mismo ha tenido con él[2], y en el evangelio el Señor narra a quienes le escuchan las parábolas de la misericordia[3].

Nuestro Dios es un Dios de comienzos, no de finales, mucho menos de finales desastrosos. A todo el mundo da una segunda, tercera, cuarta y enésima oportunidad, aún cuando las cosas han ido muy mal, y nosotros ¿actuamos de la misma manera con los nuestros?
Hay ciertos temas en los que debemos actuar con una misericordia grande, profunda y verdadera: los divorciados vueltos a casar. Las personas que sufren la problemática del alcohol, la drogadicción o la homosexualidad. Quienes han abandonado –por la razón que fuere- la vocación al sacerdocio o la vida religiosa.

Hablar de misericordia no es hablar de complicidad, o de aprobación. Se puede ser muy misericordioso y al mismo tiempo muy claro y muy firme con las propias convicciones.
Se trata –vamos siendo claros y francos- de no condenar, de no hacer juicios que no nos corresponden, de tener siempre una palabra amable y de empujar, a quien vive lejos de Dios, hasta Dios mismo. Y haciéndolo de tal manera que el empujado ¡no se dé cuenta! Para esto hace falta mucho valor, una fe grande y, naturalmente, vivir muy cerca de Jesús: conocerlo, amarlo, y luchar por hacer vida en nuestra vida Su propia voluntad.

¿Qué hacer, entonces, cuando hemos de convivir con alguien que, según nuestra fe, no está actuando de manera correcta? De momento, quiérele, quererle más que nunca. No echarle en cara sus defectos, que naturalmente ya conoce. quererle. Confíar en ésa persona. Hacerle comprender que le queremos y que le querremos siempre, con defectos o sin ellos. Esa pesona debe estar segura de que no perderá nuestro amor. Eso, lejos de empujarle al mal, le dará fuerza para lucgar. Con reproches y con la bandera de la ortodoxia o de la moral en una mano y la espada en la otra lo más probable es que multipliquemos la amargura. Esa persona debe conocer, sí, que esos fallos suyos no están bien y que son la causa de muchos sufrimientos, pero debe saber también que si la relación es cercana, le amamos lo suficiente como para sufrir por todo lo que sea necesario.

Y por favor ¡nunca pasemos factura de ese amor! Amamos y comprendemos y acogemos porque es nuestro deber, porque en la Iglesia somos una familia, porque somos padres o madres, no como un gesto de magnanimidad.

Y cuando nos cansemos –porque es una realidad que nos cansamos de perdonar por mucho amor que haya de por medio- hemos de recordar que también Dios nos quiere como somos, y tiene con nosotros mucha más paciencia que nosotros con los nuestros.
Pero, ¿y si la técnica del amor termina fallando porque también la ingratitud es parte de la condición humana? Al menos habremos cumplido con nuestro deber y habremos aportado lo mejor de nosotros. En todo caso, es seguro que un poco de amor vale mucho más que mil reproches.

[1] Ex 32, 7-11.13-14.
[2] 1, 12-17
[3] Cfr Lc 15, 1-32.


Ilustración:

William Blake (1757-1829)
Moses Indignant at the Golden Calf (1799-1800)Tempera on canvas380 x 266 mm
Tate Britain Gallery (London).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris