I
Aquella buena mujer,
la de las dos moneditas
tiene cosas exquisitas
que yo las quiero aprender.

Violeta humilde, escondida,
nadie nunca la miró,
pero Jesús que la vio,
pensó en su madre querida.

Los ricos echaban mucho
con visible ostentación,
Jesús que ve el corazón
dijo: Mujer, yo te escucho.

Dos moneditas tan solo
puso ella en la alcancía,
mas era cuanto tenía,
tesorito en alveolo.

Los ojos humedecidos
del Señor al verla así,
- oh Jesús, dulce Rabí –
de amor quedaron ungidos.

Y llamó al punto a los suyos,
que aprendieran la lección
y vieran en la visión
flores de Dios y capullos.
Mirad a la pobre viuda,
ved y oled esa violeta,
que piensa humilde y discreta:
Dios es Padre y siempre ayuda.

 Ved que todo su caudal
al Creador lo ha ofrecido,
que Dios ha de ser su nido
en la pobreza total.

No piensa que sea el templo,
guarida de malhechores,
“que es del Dios de mis amores
y es eso lo que contemplo”.

Jesús la vio, pensativo,
y al pensar ¡cómo la amaba!,
porque en ella Dios estaba
y allí se veía al vivo.

Jesús la calificó
como la más dadivosa;
era el fulgor de una rosa
que con nada se quedó.


II

¿Qué quieres y estás pidiendo,
mi Jesús, que yo presente,
lo que a ti más te contente
de todo mi ajuar y atuendo?

Sin palabras una voz
dentro del pecho surgía,
cual susurro y melodía;
era suave, no era atroz.

Yo quiero verte feliz,
porque tuviste el encuentro,
feliz por fuera y por dentro,
feliz desde tu raíz.

Puedes darme el mundo entero,
y hacer sonar tus monedas,
que por dentro igual te quedas
si no me das lo que quiero.

Yo busco humildad violeta,
busco el amor de una esposa
que sus cuidados reposa
cuando al mirarme se aquieta.

Cielo y tierra yo he creado
con todo lo que atesora,
mas en el cosmos no mora
lo que en ti he depositado.

Amor yo busco, mi amor
- por decírtelo a lo humano -,
amor, mi divino arcano,
yo que he sido el sembrador.

El amor nos diviniza
porque es la chispa de fuego
chispa de Dios que te entrego;
y lo demás es ceniza.

Quedarse por Él sin nada
es decir ¡Cuánto te quiero!,
que no vale el mundo entero
lo que vale tu mirada.

No tengo nada, Señor,
ni nada quiero tener
porque todo quiero ser
eco de ti, mi Amador.

Silencio, silencio puro,
silencio de comunión;
yo te doy mi adoración…,
¡silencio, que estoy seguro! Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

5 noviembre 2009.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris