XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Escuchar el evangelio de este domingo –el vigésimo noveno del Tiempo Ordinairo- y luego ver la vida que muchos de nosotros llevamos, produce un gran contraste. La letra la hemos aprendido bien, pero nos falla la práctica. Mucho. En la vida diaria pensamos que que basta con "tener fe", es decir, con aceptar una serie de proposiciones: existe Dios, Jesús es Dios, Dios es Uno y Trino... Firmamos lo que haga falta (y más si, encima nos aseguran la salvación a cambio) y luego... ¡ancha es Castilla![1] No hemos entendido que una cosa es ser habitantes de la tierra y otra distinta es ser ciudadanos del Reino.

Para los habitantes de la tierra el poder y la autoridad son dos medios para prosperar; para tener servidores; para dar rienda suelta al orgullo y la presunción; para tener influencias, para mirar por encima del hombro a los demás; para viajar en primera y tener tres o cuatro casas de campo, etc.

Para los ciudadanos del Reino la autoridad es servicio y no hay otro trono posible que el de la cruz. Para los habitantes de la tierra el dinero es lo que da la felicidad o, por lo menos, ayuda a conseguirla; el dinero es el que abre puertas y tiende puentes; da categoría a los hombres, los hace importantes, distinguidos, privilegiados.

Para los ciudadanos del Reino el dinero es un bien que se utiliza pero al que no se sirve; que se comparte pero que no se acumula; que hace más responsable de las injusticias al que abundantemente lo posee, si no lo emplea en remediar las necesidades de los hermanos. No te revuelvas incómodo en tu silla ni pienses “el fader se nos vuelve comunista”: los sacerdotes somos los primeros que debemos cuidar de no apegarnos al dinero.

Para los habitantes de la tierra la categoría social es imprescindible; hace de los hombres "niños bien" y “niñas bien”; suscita las envidias de casi todos. En esta vida –según esos criterios- es fundamental "ser alguien", tener un título, una posición por encima; ser un "don nadie" es una de las mayores tragedias, cuando no una vergüenza familiar y social.

Para los ciudadanos del Reino no hay nadie más importante y más valioso que los pobres, los enfermos y los niños, los que socialmente no cuentan, o “no sirven para nada”, los que son un número sin rostro; sin embargo la categoría social es inútil porque los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos[2].

Para los habitantes de la tierra hay muchos valores absolutos a los cuales se ven sometidos los hombres: la estética, el deporte, estar en forma, los objetos de consumo, la cuenta del banco, el coche...

Para los ciudadanos del Reino no hay otro valor absoluto que Dios, junto con el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios; todo lo demás, absolutamente todo lo demás está al servicio del hombre, nunca al revés.

Una vez más: una cosa es ser habitantes de la tierra y otra muy distinta, ser ciudadano del Reino. Seguimos afanándonos por el dinero, por conquistar el poder, por tener buena fama, pero a la hora de la verdad, en poco nos diferenciamos, los que queremos vivir como ciudadanos del Reino, del estilo propio de aquéllos a quienes San Juan llamaba hijos de las tinieblas.

Por mucho que queramos disimular, por muchas excusas y justificaciones que nos busquemos, si no vivimos como Jesús estamos reduciendo el Evangelio a pura teoría; y cuando el Evangelio se queda en teoría, se queda en nada[3]. El Señor tenga misericordia y  nos bendiga y nos ayuda a hacer un buen examen de conciencia y a cambiar nuestras actitudes •



[1] La expresión tiene su origen en los tiempos de la Reconquista. Después de tener bajo control un territorio arrebatado a los moros, surgía la necesidad de dar sentido a esas tierras, nacía la preocupación porque la guerra hubiese servido para algo: había que poblar lo ganado. Los distintos reyes ofrecían terrenos y facilidades a aquellos que quisiesen establecerse en los dominios recién conquistados, a la hora de elegir, surgía la duda... ¿dónde? Pues... ¡Ancha es Castilla!
[2] Mt 20, 16.
[3] L. Gracieta, Dabar, 1988, n. 52.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris