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Me encontraba en el silencio del soto, entre árboles rebosantes de humedad. No creo que jamás haya habido un momento en mi vida en que mi alma sintiera una angustia tan apremiante y especial. Había rezado todo el tiempo, por lo que no puedo decir que empezara a rezar cuando llegué allí donde estaba la capilla: pero las cosas se iban precisando más. "Por favor, ayúdame. ¿Qué voy a hacer? No puedo continuar así. ¡Tú puedes verlo! Mira el estado en que me encuentro. ¿Qué debo hacer? Muéstrame el camino" ¡Como si se precisara más información o alguna clase de signo! Pero dije esta vez a la Florecita: "Muéstrame lo que he de hacer" y añadí: "Si entro en el monasterio, seré tu monje. Ahora enséñame lo que he de hacer". Estaba peligrosamente cerca del camino equivocado para rezar...haciendo promesas indefinidas y pidiendo una especie de signo •T. MERTON, La Montaña de los Siete Círculos

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris