XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Decía Gabriel Marcel que «sólo hay un sufrimiento y es el estar solo»[1]. La afirmación puede parecernos un poco exagerada, pero lo cierto es que para muchos hombres y mujeres de hoy la soledad es el mayor problema con el que tienen que enfrentarse todos los días.

Aparentemente estamos mejor comunicados con el mundo y con los demás; los medios de comunicación se han multiplicado de manera insospechada, el teléfono permite mantener una conversación con las personas más distantes. Se impone lo público sobre lo privado. Se habla de asociaciones de todo tipo, círculos sociales, relaciones públicas, encuentros. Pero todo ello no impide que una soledad indefinida, difusa y triste se vaya apoderando del corazón de muchos hombres y mujeres de todo el mundo: hogares donde las personas se soportan con indiferencia o incluso agresividad. Niños que no conocen el cariño y la ternura o ¡ay! crecen al calor de las personas que dan algún servicio en la casa, jóvenes que descubren con amargura que el encuentro sexual puede encubrir un egoísmo engañoso, amantes que se sienten cada vez más solos después del amor, amistades que quedan reducidas a cálculos e intereres…

Poco a poco hemos ido descubriendo poco a poco que la soledad no es necesariamente el resultado de una falta de contacto con las personas. Antes que eso, la soledad puede ser una enfermedad, y enfermedad del corazón. Si mi vida es un desierto, el mundo entero es un desierto, aunque esté poblado de toda clase de gentes.

Son, pues, muchos los factores que pueden llevar a una persona a ese aislamiento interior que se expresa en frases cada vez más oídas entre nosotros: “Nadie se interesa por mí”. “No creo en nadie”. “Que me dejen solo. No quiero saber nada de nadie”.

Hasta aquí la radiografía. Para superar el aislamiento, es necesario abrirnos de nuevo a la vida y a ésa parte religiosa que todos tenemos (todos ¿eh?). Aceptarnos a nosotros mismos con sencillez y verdad como criaturas limitadas y necesitadas de una interacción con el Creador. Y luego escuchar el el sufrimiento y la alegría de los demás. Romper el círculo ese tan obsesivo de “mis problemas” para interesarnos por los dolores de los demás. Recuperar la confianza en los gestos amistosos de los otros por muy limitados y pobres que nos puedan parecer. Y, atención, todo lo anterior sin pensar que la fe es el único un remedio terapéutico que pueda prevenir o curar la soledad. No es así. La fe ayuda muchísimo, pero no lo es todo. Los creyentes estamos sometido, como cualquier otro, a las tensiones de la vida y las dificultades de la relación personal, lo que hacemos con la fe es encontrar en ella –en la celebración litúrgica, por ejemplo, en el diáogo silncioso con Dios- una luz, una fuerza, un sentido, una energía para superar el aislamiento, la soledad y la incomunicación. Justo como el hombre aquel hombre sordo y mudo, incapaz de comunicarse, del que nos habla hoy el evangelio, aquel que escuchó un día la palabra curadora de Jesús: efetá, ábrete[2],  y su vida cambió para siempre.



[1] Gabriel Marcel (1889-1973) fue un dramaturgo y filósofo francés. Sostenía que los individuos tan sólo pueden ser comprendidos en las situaciones específicas en que se ven implicados y comprometidos. Esta afirmación constituye el eje de su pensamiento, calificado como existencialismo cristiano o personalismo.
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 225 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris