XVI Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Me pregunto con mucha frecuencia si no nos habremos vuelto esclavos de una especie de «sociedad de la eficacia» donde poco a poco hemos ido perdiendo la capacidad no solo de sorprendernos ante el misterio y lo sobrenatural, sino también la capacidad para descansar y disfrutar hondamente de la vida. A base de esfuerzo y trabajo y logística (al menos en éste bandito país) hemos logrado crear unas  condiciones más aptas para una vida digna, pero ¡ay! Quizá no sabemos luego disfrutar de esa vida, o del descanso.

En el tiempo de vacaciones de muchos hombres y mujeres de hoy, «ya no hay culto ni celebración ni  descanso, sino tan solo derecho al tiempo libre y al placer»[1]. Olvidamos con frecuencia que el hombre no es sólo «una máquina» que necesita una recuperación, sino  un ser que necesita encontrase consigo mismo y redescubrir las raíces mismas que le dan  sentido a su vida. Por eso el descanso verdadero no es tiempo muerto, o placer vacío, o un espacio lleno de egoísmo. El descanso –a propósito de las palabras del Señor en el evangelio- ha de ser «re-creación», actividad que nos libera de nuevo para la vida y el amor. El problema de muchos es que, al dejar su trabajo y no estar ya ocupados por las  obligaciones habituales, se encuentran con su propio vacío y su incapacidad de  comunicarse con un poco de ternura no ya solo con las personas más cercanas, sino incluso consigo mismos, y así las vacaciones se convierten en una huida llena de desenfrenos, y el descanso se convierte en un  esfuerzo vano por llenar el vacío interior acumulando experiencias siempre nuevas,  buscando estimulantes siempre más fuertes o dejándose estrujar de manera infantil por «la industria del tiempo libre». Triste situación.

Al final, sin la fuerza del espíritu, sin la compañía de un silencio fecundo (el gran silencio de la oración), todo se vuelve aburrido, ya que uno  mismo, con su propio vacío, es la fuente y la causa de su propio tedio y aburrimiento. Pascal lo describió infinitamente mejor: «he dicho  con frecuencia que toda la desgracia de los seres humanos procede de una sola cosa que es no saber permanecer en paz dentro de una habitación»[2].

La música y los libros pueden ser dos buenos compañeros para los días de vacaciones. Bach, por ejemplo, es uno de los mejores médicos del alma que ha producido nuestro mundo. Bach era casi algo que hoy no apreciamos: un buen burgués, alguien bien instalado en la sociedad que le rodeaba, que no soñaba en destruir el orden (desorden) en su inundo, que hizo una verdadera revolución en la música sin siquiera habérselo propuesto, sin soñar innovar, pero haciéndolo.

Bach era lo que nosotros no sabemos ser: un hombre feliz. Su cara no nos gusta mucho y su peluca llega a poner nerviositos, pero él conocía la felicidad de componer, la felicidad de existir. En su obra no hay tensiones ni altibajos. Es un genio regular, casi diríamos que un burócrata de la genialidad. Y todo ello sin estar en demasiado conflicto con su mundo y mucho menos consigo mismo, Lo contrario del mundo contemporáneo, que sólo produce genios ariscos, genios a contraorden, a contra- mundo, permanentemente ansiosos, insatisfechos.

Bach era alguien seguro de sí mismo. «Buen marido, buen padre, buen profesor, buen amigo», dicen sus biógrafos. Hoy unimos el concepto de genio al de locura. Nada loco hay en Bach. O, en todo caso, hay una locura muy racional. El dolor es, para él, parte de la historia y jamás desequilibrará esa asombrosa armonía que vivió entre su cabeza, su corazón y su mismo vientre.

Bach supo ser, sin proponérselo, la síntesis de cosas tan opuestas como la música alemana, francesa e italiana de la época. En él se unían -¡milagro!- Pachebel, Buxtehude, Couperin, Vivaldi y Corelli. En una Europa tan desgarrada como la suya supo ser un ferviente luterano, en el que nos sentimos hoy perfectamente expresados los católicos. Oyendo su música parece imposible la desgarradura que entonces sufría la Iglesia. Porque él supo unir lo que no conseguiría sanar el Concilio de Trento.

Los hombres de hoy no encontramos la paz, ni el acuerdo, porque sólo se encuentra lo que se lleva dentro. Y, con almas en guerra, ¿qué se puede generar sino discordia?

Prueba, hermano mío, hermana mía, a llevar contigo unos libros y a darte un chapuzón en la música Bach (o en la de Mozart) y verás cómo junto con una buena Confesión, el alma alcanza el descanso que tanto anhela. 

El descanso engendra tedio y se vuelve insoportable cuando el hombre no sabemos abrirnos hacia lo mejor que hay dentro de nosotros, pero sobre todo cuando no sabemos abrirnos hacia Aquél que es fuente de vida y de libertad[3]. Ojalá sepamos escuchar en medio de nuestras vacaciones las palabras del Señor: venid a un sitio tranquilo a descansar un poco



[1] H. Rombach
[2] Los Pensées (literalmente, "pensamientos") fue una defensa de la religión cristiana escrita por Blaise Pascal, el renombrado filósofo y matemático del siglo XVII. La conversión religiosa de Pascal lo condujo a una vida de asceta, y los Pensées fueron de varias maneras la obra de su vida. La "Apuesta de Pascal" se encuentra contenida en los Pensées.
[3] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 211 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris