XV Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Cómo podría la Iglesia recuperar el prestigio moral y ejercer de nuevo aquella influencia que tuvo en nuestra sociedad hace algunos años? Sin confesarlo en voz alta recordamos (¿sin añorar?) aquellos tiempos en que la Iglesia podía anunciar su mensaje de manera mucho más abierta y sin que los medios de comunicación se le echaran encima. ¿Por qué se ha dejado de prestar atención a lo que la Iglesia tiene qué decir?  ¿No deberíamos hacer algo más –mucho más- por los más jóvenes de manera que al crecer puedan transmitir la fe de manera persuasiva y convincente ¡contagiosa! atrayendo de nuevo a los demás hacia la verdad?

Las palabras del Señor en el evangelio de éste domingo al enviar a sus discípulos sin pan ni alforja, sin dinero ni túnica de repuesto nos invitan a pensar más bien en «caminar» pobremente, con libertad, ligereza y disponibilidad total, es decir, lo importante no son los planes pastorales o los cerros de papeles sobre un escritorio que nos den seguridad, sino la fuerza misma del evangelio vivido con sinceridad, pues el evangelio penetra en la sociedad no tanto a través de medios eficaces de propaganda, cuanto por medio de testigos que viven fielmente el seguimiento a Jesucristo. En otras palabras: La Iglesia no crece por proselitismo, crece por atracción; la atracción testimonial de este gozo que anuncia Jesucristo. Ese testimonio que nace de la alegría asumida y luego transformada en anuncio. Es la alegría fundante.

Necesitamos cristianos bien formados doctrinalmente, pero necesitamos, mucho más, testigos vivos del evangelio, al más puro estilo de Papa Francisco. Son necesarias en la Iglesia la organización y las estructuras, sí, pero sólo para sostener la vida evangélica de los creyentes.

Una Iglesia que no es ligera de equipaje, una Iglesia que no está en salida, y unos sacerdotes que no olemos a oveja y que parecemos sargentos con cara de mal pagados, que decía mi nana Chuy. Una Iglesia corre el riesgo de hacerse sedentaria y conservadora, una Iglesia que a la larga se preocupará más de abastecerse a sí misma que de caminar libremente en el evangelio

Una Iglesia más desguarnecida, más desprovista de privilegios y más empobrecida de poder socio-político, es una Iglesia más libre y más capaz de ofrecer el evangelio en su verdadera pureza[1]




[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 209 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris