XIV Domingo del Tiempo Ordinario (B)

El texto que escuchamos en la segunda de las lecturas de éste domingo pertenece a la segunda carta que san Pablo escribe a los cristianos de Corintio, una carta tan compleja que a menudo se ha dicho que se trataba de diversos fragmentos de cartas unidos en una sola[1]. Sea como fuere, los capítulos finales[2] forman una unidad que San Pablo dedica a la defensa de su ministerio. Al comienzo del capítulo 12 él da como un salto al interior de si mismo: habla de las visiones y revelaciones que ha recibido y que le ponen en una especial relación con Dios, sin embargo rápidamente señala que esta relación podría correr el peligro de provocarle orgullo y creerse superior. Así, con el fin de evitarle esa tentación, Dios mismo le ha enviado algo que le hace tomar conciencia de su debilidad. San Pablo describe así esta tribulación: una espina en la carne, y va más allá: un ángel de Satanás que me abofetea…

Es a partir de la experiencia de San Pablo, de aquel terrible agujón, que podemos detenernos un momento y reflexionar sobre el sentido de las debilidades que vivimos como creyentes y que proceden de la debilidad de nuestra condición humana; debilidades que nos hacen experimentar que toda la fuerza viene de Dios, y toda obra al servicio del Evangelio se realiza porque Dios la realiza. Por eso, si bien san Pablo preferiría ahorrarse el sufrimiento que esta situación que le provocaba (y así lo pedía al Señor), después se da cuenta de que su debilidad hace resaltar en él la fuerza de Cristo. Por eso, vivir la debilidad era para él un motivo de gloria, porque es en la debilidad donde se ve la única fuerza verdadera[3]. Hoy me pregunto si tú, lector, y yo, el que predica, tenemos la misma sensación cuando echamos un ojo al interior de nuestro corazón.

El difícil equilibrio que encontramos en éste hombre –orgullo de su misión sin vanagloria, reconocimiento de su debilidad sin pusilanimidad- debería ser una actitud permanente en cada uno de nosotros [¡esta podría ser nuestra petición de hoy al recibir la eucaristía!]: sin dejar de ser débiles, hemos recibido la fuerza de Dios. Debemos ser, por tanto, atrevidos en la proclamación del Evangelio, a pesar de nuestras propias infidelidades al mensaje que anunciamos. Cuanto más clara sea la conciencia de nuestra debilidad, más eficaz será la fuerza de Dios, y sobre todo más alejados viviremos del estúpido triunfalismo que tanto daño nos hace en nuestra vida cristiana.

La vida espiritual –es el padre Grün quien escribe- consiste en vivir bajo los ojos amorosos de Dios y sentir en mí no sólo el amor hacia los seres humanos sino hacia Dios, el Único que puede satisfacer los deseos existentes en cada amor humano… se trata de vivir una espiritualidad que experimenta a Dios con el corazón y todos los sentidos y que desea encontrar en Dios paz y vida abundante.

»Puedo sólo ser uno conmigo mismo cuando soy uno con Dios, el fundamento de mi vida. Al mismo tiempo, en la unidad con Dios se expresa mi mayor dignidad como ser humano. No estoy solamente llamado a cumplir con los mandamientos de Dios. Puedo elevarme en el éxtasis del amor y ser uno con Dios. Por otro lado, experimento a Dios como aquel que me ama incondicionalmente. En la presencia de Jesús me encuentro con un Dios amoroso y tierno, otro que en mi anhelo de un amor eterno me agrada y atrae.

»No debemos dejarnos determinar únicamente por leyes, sino sólo por el Espíritu de Cristo, el cual también siempre es el Espíritu del amor. No debemos dejarnos atribular por los propios cargos de conciencia, pues a menudo provienen de una educación medrosa y estrecha. El cristiano es libre. El mundo ya no tiene poder sobre él». Ser limpio o puro no significa no tener errores, sino tener un núcleo puro y estar conectado una y otra vez con ese centro, ese centro que el Jesucristo •



[1]
[2] del 10 al 13.
[3] J. Lligadas, Misa Dominical 1994, n. 9
Ilustración: Miguel Angel, El tormento de San Antonio (1487-1488), óleo y tempera sobre mandera (47cm x 35), Kimbell Art Museum (Forth-Worth Texas). 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris