XIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Dura es la realidad de la muerte, tremenda e inevitable. Si toda muerte es incomprensible, ya que no sabemos por qué morimos o para qué vivimos si al final hemos de morir, especialmente absurda y trágica nos parece la muerte de alguien joven. Esa es la realidad que nos presenta hoy la liturgia de la Palabra. 

Y ¿qué podemos decir nosotros ante la muerte? ¿Acaso tiene sentido, algún sentido, alzar la voz y la protesta? Y si no tenemos nada que decir, ¿podemos escuchar al menos alguna palabra de vida y en favor de la vida? ¿Qué dice a todo esto, qué nos dice la palabra de Dios?, ¿o acaso Dios también calla ante la muerte? La palabra de Dios nos dice, en primer lugar, que El no hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes, porque Dios es amigo de la vida. Nos dice también que Jesús resucita a los muertos y que Él mismo ha resucitado. Ante la ruina de la muerte y su desolación, la palabra de Dios pone en pie nuestra esperanza y nuestra dignidad. Por eso es evangelio ¡buena noticia! ¿Qué debemos hacer? Si el miedo a la muerte paraliza la vida y nos hace vivir como muertos, la superación de ese miedo por la fe en Jesucristo debiera ser el anticipo de la vida eterna y ayudarnos a vivir intensamente. ¿Es así?, ¿es la fe cristiana una fuerza de vida y en favor de la vida?

Nuestra esperanza ha de ser algo más que un consuelo en situaciones límite (ante la muerte) y en modo alguno una evasión en la vida temporal. Todo lo contrario: nuestra esperanza ha de mostrarse en cada tiempo, en cada situación, como una esperanza viva y en favor de la vida. Nuestra esperanza es una lucha (en algunas temporadas lucha diaria) en contra de todo lo que entristece a los hombres y destruye la convivencia.

Si creemos lo imposible, es para hacer posible la vida para todos. Y quien dice esto dice solidaridad, es decir, no tiene ningún sentido decir que creemos en la vida eterna y, al mismo tiempo, hacernos la vida imposible en este mundo.

Lo que siempre se ha visto, lo más viejo del mundo, lo que está en la raíz de todas las desigualdades, lo que corrompe las relaciones humanas, lo que siega la hierba bajo nuestros pies es el egoísmo[1]. Y contra ese egoísmo está la novedad del amor. De un amor que hay que inventar cada día, para acercarnos los unos a los otros. El amor cristiano no puede realizarse solamente organizando segundas colectas o rellenando papeles donde se lleva la cuenta de la vida espiritual. Debemos ser mucho más comprometidos. El amor cristiano nos urge a comprometernos con todos los hombres de buena voluntad que luchan por la auténtica igualdad y buscan una tierra en la que habite la justicia y produzca el fruto de la paz. Para que se cumpla lo que dice la Escritura y recuerda Pablo a los corintios: Al que recogía mucho, no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba".

Empeñarnos en esto es creer que Dios resucita a los muertos, es dar testimonio de la resurrección. Es levantar el estandarte de la fe contra la muerte.

Esta fe nos protege de la visión nihilista de la muerte, como también de las falsas consolaciones del mundo, de tal modo que la verdad cristiana «no corra el peligro de mezclarse con mitologías de varios tipos», cediendo a los ritos de la superstición, antigua o moderna[2]. Hoy es necesario que los pastores y todos los cristianos expresen de modo más concreto el sentido de la fe respecto a la experiencia familiar del luto. No se debe negar el derecho al llanto —tenemos que llorar en el luto—, también Jesús «se echó a llorar» y se «conmovió en su espíritu» por el grave luto de una familia que amaba[3]. Podemos más bien recurrir al testimonio sencillo y fuerte de tantas familias que supieron percibir, en el durísimo paso de la muerte, también el seguro paso del Señor, crucificado y resucitado, con su irrevocable promesa de resurrección de los muertos.

»El trabajo del amor de Dios es más fuerte que el trabajo de la muerte. Es de ese amor, es precisamente de ese amor, de cual debemos hacernos «cómplices» activos, con nuestra fe. Y recordemos el gesto de Jesús: «Jesús se lo entregó a su madre», así hará con todos nuestros seres queridos y con nosotros cuando nos encontremos, cuando la muerte será definitivamente derrotada en nosotros. La cruz de Jesús derrota la muerte. Jesús nos devolverá a todos la familia»[4]



[1] Eucaristía1982, 31.
[2] Cfr. Benedicto XVI, Ángelus del 2 de noviembre de 2008
[3] Jn 11, 33-37
[4] Papa Francisco, Audiencia general del miércoles 17 de junio de 2015. El texto complete puede leerse aquí: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2015/documents/papa-francesco_20150617_udienza-generale.html

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris