Viernes Santo de la Pasión del Señor (2015)


Una presencia temblorosa, llena de amor
¿Estabas allí cuando crucificaron a mi Señor?
¿Estabas allí cuando le clavaron en el árbol?
¡Oh! A veces me hace temblar, temblar, temblar.
¿Estabas allí cuando crucificaron a mi Señor?[1].
                                                               
Ninguno de nosotros estaba allí cuando crucificaron a nuestro Señor ni cuando fue  depositado en el sepulcro. Si hubiéramos estado allí, no lo hubiéramos permitido, como decía Clodoveo. Por lo menos, nos hubiéramos acercado a él todo lo posible,  hubiéramos entrañado todos sus gestos y palabras, hubiéramos asumido todos sus dolores,  hubiéramos llorado todas sus lágrimas y calmado su sed infinita, hubiéramos recogido su  sangre divina.

Si hubiéramos estado allí, habríamos deseado que nos crucificaran con él, para  acercarnos más todavía y compartir todos sus sufrimientos: dolor con Cristo dolorido,  quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas y pena interna por todo lo que Cristo sufrió por  mí. Si hubiéramos estado allí... Pero si la verdad es que todos estuvimos allí, cuando lo  crucificaron, cuando lo clavaron en el árbol. Todos estábamos allí y con doble presencia. Estábamos allí, en primer lugar, con los jueces, con los soldados, con la gente curiosa, con  la muchedumbre que no hacia más que ver. Allí estábamos... Allí estábamos todos dando fuerza al cobarde Pilato, para que acabara de firmar la más  injusta sentencia que se haya jamás pronunciado; después le ofrecimos una  jofaina, para que se lavara bien las manos.

Allí estábamos todos, con los curiosos y los mediocres, con los que se dejaban llevar, los que se  limitaban a comentar lo sucedido, los que criticaban, los que se lamentaban, los que  compadecían. En el fondo, todos cobardes y faltos de fe. El hecho más importante y dramático de la historia sólo les roza superficialmente (¡exactamente como nos sucede a nosotros!).

Allí estábamos todos, porque en ese momento se concentraba toda la historia, para lo  malo y para lo bueno. Allí se concentraba todo el pecado del mundo, el pecado de todos los  hombres de todos los tiempos; y no sólo las grandes injusticias, los odios terribles, las  violencias desatadas, las mentiras inconcebibles, sino también los pequeños miedos, las ridículas equivocaciones, frecuentes engaños, las fáciles seducciones, las inconscientes  omisiones, todos los pecados de debilidad e ignorancia: la cruz recoge toda la inhumanidad humana. Es la expresión  de toda ceguera, toda debilidad y toda maldad. Es el triunfo de las tinieblas, lo irracional, lo  desnaturalizado, lo inmisericorde, lo inhumano en estado puro.

Estábamos allí condenando al Justo  Por lo tanto, cada vez que cometemos una injusticia, estábamos allí condenando al Justo;  cada vez que mordemos al hermano con la critica o la calumnia, estábamos allí  sentenciando al Inocente; cada vez que despojamos al pobre con nuestro egoísmo y nuestra  insolidaridad, estábamos allí repartiéndonos sus ropas; y cada vez que agredimos al  indefenso con nuestra violencia o nuestra prepotencia, estábamos allí torturando al  Cordero; y cada vez que negamos al prójimo una ayuda, estábamos allí como espectadores  fríos y lejanos; y cada vez que callamos por miedo y no actuamos proféticamente,  estábamos allí, sin atrevernos a dar la cara, ni a salir en defensa del condenado ni a  expresar siquiera nuestros sentimientos. Cuando traicionamos, estábamos allí; cuando  somos cobardes, estábamos allí; cuando somos infieles, estábamos allí; cuando dudamos,  estábamos allí; cuando mentimos, estábamos allí; siempre que nos ciega y nos esclaviza la  pasión, estábamos allí.

En la mente y en el corazón de Cristo  Hay una segunda manera de estar allí presente, esta vez cálida y amorosamente. No me  refiero a cuando hacemos el bien a alguien, cuando vivimos en la fe y en el amor. Todos estábamos allí, en la mente y en el corazón de Cristo. El nos conocía a todos, sufría por todos, nos amaba y redimía a todos. Es verdad aquel pensee de Pascal: "Yo  derramaba tal y tal gota de sangre pensando en ti"[2] y, antes, aquel entrañable momento de la vida de Jeremías: antes de que llegaras a la existencia, yo  te elegí; antes de que te formaras en el vientre materno, yo te redimí; antes de que  nacieras, yo te amé[3].

Estábamos allí todos, en la mente de Cristo, que nos iba presentando al  Padre en aquel momento de gracia. Estábamos allí y también a nosotros dirigía sus palabras, por cada uno de nosotros pedía perdón al Padre. Estábamos allí todos: nos veía en su madre. Nos  veía en Juan, el amigo, el que mantuvo la fe, el que acogió la madre. Nos veía en  Magdalena y demás piadosas mujeres, las valientes y generosas, las que dieron la cara, las  que mejor compadecieron, las que tanto amaron. Nos veía en Nicodemo y José de Arimatea, en el Cireneo y la Verónica, los que le  prestaron sus buenos servicios, compartiendo su cruz, enjugando su rostro, quitándole los  duros clavos y bajándole del madero, lavándole, ungiéndole, envolviéndole en la sábana, colocándole en el sepulcro.

Estábamos allí, siendo redimidos por él y mirándole con fe, como aquellos israelitas que mirando la serpiente de bronce en el madero sanaban. Estábamos allí, recibiendo el Espíritu que él entregaba al Padre y a nosotros.

En realidad todos estuvimos clavados en  la cruz con Cristo, todos morimos con él, todos fuimos con él sepultados y todos  resucitaríamos con él. El misterio pascual de Cristo es también el nuestro. ¡Cuantas  consecuencias para nuestra vida, si realmente lo entendiéramos y lo viviéramos así! 

¿Estabas allí cuando Dios le resucitó de entre los muertos?
¡Oh! A veces me hace temblar, temblar, temblar.
¿Estabas allí cuando Dios le resucitó de entre los muertos?».
A veces me hace temblar, temblar, temblar:
Temblar por el dolor y el arrepentimiento,
temblar por la indignación y la compasión,
temblar por la emoción y la alegría,
temblar por el éxtasis y el estremecimiento.

Hay razones sobradas para sentir este asombroso temblor. Lo sentimos al saber que podemos participar del misterio, que podemos sumergirnos en el océano de la misericordia, al sentir la mirada llena de ternura y amor, al reconocer la victoria del amor y de la gracia. Todo esto es como estar junto a la  zarza ardiendo[4], o dentro de la columna de nube[5]. Es, en fin, la fuerza del Espíritu de Dios reviviendo el misterio pascual, un misterio que hoy, Viernes Santo de la Pasión del Señor, se renueva dentro de cada uno de nosotros[6]




[1] Himno popular americano.
[2] Los Pensées (literalmente, "pensamientos") fue una defensa de la religión cristiana escrita por Blaise Pascal, el renombrado filósofo y matemático del siglo XVII. La conversión religiosa de Pascal lo condujo a una vida de asceta, y los Pensées fueron de varias maneras la obra de su vida. La "Apuesta de Pascal" se encuentra contenida en los Pensées. Los Pensées son un nombre que se le dio de manera póstuma a sus escritos y fragmentos, los cuales estaba preparando para una Apología de la religión cristiana que nunca llegó a completar.
[3] Cfr. Jer 1. 5.
[4] Cfr. Ex 3, 2-4.
[5] Id., 13, 21-22.
[6] Caritas. La mano amiga de Dios. Cuaresma y Pascua. 1990, p. 119-124.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris