IV Domingo del Tiempo Ordinario (B)

En nuestras catequesis y homilías los sacerdotes quizás hemos insistido demasiado en la justicia de Dios, o en su grandeza, o en su poder... y lo que hemos conseguido es transmitir a un Dios lejano, distante, inaccesible... Así, ¿quién puede sentirlo como Padre? Lo propio de un padre es la cercanía, la disponibilidad, el tenerlo a nuestro lado, el sentir la seguridad y la confianza que nos transmite... ¿Así sentimos a Dios?

Con su predicación y cada momento de su vida el Señor quiso acercarnos a Dios, que es nuestro Padre. No se trata de un título más en la larga lista de atributos que podemos aplicarle sino el principal y primero, el único que de verdad importa e interesa. Cuando el Señor hablaba de su Padre quería que nosotros no sintiéramos temor ante el poder de Dios, sino paz ante su amor, consuelo ante su cercanía, confianza ante su paternidad. Pero lo cierto es que en la predicación no siempre hemos acertado a transmitir a los hombres esta buena noticia.

Y para transmitir ese mensaje de la paternidad de Dios mucho nos ayudaría más comprensivos con el hombre y la mujer de hoy. Menos condenas y más comprensión. Comprender, ayudar, salvar... ¿Cuándo vamos a entender que los que llamamos «marginados» no necesitan tanto que les recordemos lo que deberían hacer como que son, también ellos, hijos de Dios, igual que la oveja perdida no necesita sermones sino alguien que se remangue los pantalones y se vaya a buscarla, y esté con ella, y la eche sobre sus hombros, y la cuide...? La imagen del pastor y la oveja que nos trae el Evangelio de hoy es mucho más que una fuente de inspiración para pintores, o una frase para cierta literatura religiosa (muy cursi en algunos casos, por cierto).

Ser pastor así no es fácil: el buen pastor que da la vida por las ovejas[1]. ¡Casi nada! ¡Dar la vida! Porque pastores, en un momento dado, todos lo somos: de los hijos, de los padres, de los amigos, de los empleados, de los pacientes, de los vecinos, de... El evangelio es claro: si no somos (pastores) así, somos asalariados, llenos de buenas palabras, de hermosos documentos, de grandilocuentes declaraciones...¡de blogs y tonterías de esas! que salimos corriendo en cuanto viene el lobo, dejando las ovejas a su suerte.

¿A cuántas ovejas hemos dejado a su suerte? ¡Si tenemos hasta el valor de llegar a decir: “se lo merecen” ¿Eso es ser buen pastor? ¿Qué hacemos con las mujeres que abortan, con las personas  homosexuales, con aquellos que están enganchados en el alcohol o la droga, con los emigrantes, con los que han sufrido el drama del divorcio? Existen instituciones educativas que se llaman a sí mismas católicas que se plantean si recibir o no en sus aulas a los niños que provienen de matrimonios rotos y cuyos padres están en segundas uniones….Lo que hacemos es que los clasificamos, con etiqueta y todo, incluso antes de reconocerles la categoría de personas. Los vemos por su peculiaridad antes que por su esencialidad. Y después los dejamos abandonados a su suerte: “se lo buscaron”. Así, ¿cómo conseguir que el hombre se sienta hermano?, ¿cómo lograr que se sienta hijo?

A veces da la impresión que ser hijos de Dios no es un don que el Padre nos hace, sino un privilegio, alcanzado por unos cuantos. Si alguien necesita descubrir que Dios es Padre son, precisamente, los otros, de la misma manera que la oveja que necesita que su pastor vaya por ella es la que se ha perdido, no las que se han quedado bien seguras en el redil: no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos[2].

La certeza de que pertenecemos a Dios debe abrir nuestro corazón a la esperanza. Estamos a tiempo, podemos hacerlo, podemos sentirnos hijos y, por lo tanto, hermanos de los hombres. Podemos cambiar la sociedad y el mundo, y podemos hacer realidad el Reino de Dios entre nosotros. Y si esto suena a utopía, ¡tenemos todavía más razón! Se trata de la utopía de la fraternidad universal[3]



[1] Jn 10, 11.
[2] Cfr. Lc 18, 9-14.
[3] L. Gracieta, Dabar 1994, n. 28.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris