Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando
como se pasa la vida, como se viene la muerte tan callando;
cuán presto se va el placer, como, después de acordado, da dolor;
cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor.

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar, que es el morir;
allí van los señoríos derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y, llegados, son iguales
los que viven por sus manos y los ricos.

Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar;
más cumple tener buen tino para andar esta jornada
sin errar.

Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos
al tiempo que fenecemos; así que cuando morimos descansamos.
Este mundo bueno fue
si bien usásemos de él como debemos,
porque, según nuestra fe, es para ganar aquel
que atendemos.

Aún aquel Hijo de Dios, para subirnos al cielo, descendió
a nacer acá entre nos, y a vivir en este suelo do murió


Liturgia de las Horas, himno para el Miércoles de Ceniza 
(Jorge Manrique, 1440-1479)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris