NeW-oLD-IdEas

Hay una sola cosa importante por sobre todas: el retorno al Padre. El Hijo vino al mundo y murió por nosotros, resucitó y subió al Padre; nos envió su Espíritu para que en El y con El podamos volver al Padre. Para que podamos salir limpiamente de en medio de todo lo transitorio e inconcluso: volver a lo Inmenso, lo Primordial, a la Fuente, al Desconocido, a Aquel que ama y sabe, al Silencioso, al Misericordioso, al Sagrado,  a Aquel que lo es todo. Buscar algo, preocuparse de algo que no sea esto es sólo locura y enfermedad, pues ese es el entero significado y el núcleo de toda existencia, y en eso toman su justa significación todos los asuntos de la vida, todas las necesidades del mundo y de los hombres. Todos apuntan a ese gran  regreso a la Fuente. Todas las metas que no sean definitivas, todos los términos de la línea que podemos ver y planear como ‘términos’ son sencillamente absurdos porque ni siquiera empiezan. El ‘retorno’ es el fin más allá de todos los fines y el comienzo de los comienzos. El  ‘regreso al Padre’ no es ‘retroceder’ en el tiempo, ni enrollar el rollo de la historia, ni volver del revés nada. Es ir adelante, ir más allá, pues volver sobre los propios pasos sería una vanidad, una repetición del mismo absurdo, al revés. Nuestro destino es ir más allá de todo, dejarlo todo, apremiar adelante, hacia el Fin, y hallar en el Fin nuestro Comienzo. El Comienzo siempre nuevo que no tiene fin  T. Merton 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris