Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (2014)

Una herida, para curarse bien, tiene que sanar de dentro hacia fuera. Así quiso Dios que, desde dentro, sanase en nosotros la herida que había dejado el pecado original, llegando al fondo, haciéndose como uno de nosotros. Fue así como Él asumió lo nuestro y lo fue elevando, lo fue sanando.

Y para ello necesitó una madre: para tomar de ella carne de nuestra carne. Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nos dice la carta a los Gálatas[1]. Y se llamó Jesús. Dios se hizo Jesús en María. Años después una mujer del pueblo dirá a Jesús: Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron[2]. ¡Qué hermoso piropo para la madre del Señor! Quizá por ello la Iglesia, al recordar hoy la circuncisión de Jesús –a los ocho días de su nacimiento-, se acuerda de María, y le dedica esta fiesta. Hoy es la Solemnidad de Santa María, la Madre de Dios. Así también aparecen María y Jesús unidos, desde el principio, para salvar; como unidos los encontraron los pastores aquella noche, en Belén.

Nosotros no celebramos el Año Nuevo en la Iglesia; lo hicimos hace unas semanas al celebrar el primer domingo de Adviento, sin embargo los cristianos no podemos ni debemos, sustraemos al ambiente que nos rodea. Estamos en medio de imágenes y sensaciones que nos hablan de un año que termina y de un Año Nuevo que comienza. ¿Qué hacer ante todo eso? ¿Cerrar los ojos? ¿Sumarse, sin más?

Para este año que empieza hay también una palabra, y un deseo, en la liturgia de hoy: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti... y te conceda la paz[3]. La paz, anhelo renovado de una humanidad que sigue destrozándose. La paz: don de Dios, que sólo es capaz de acoger el corazón que viene de vuelta de la violencia.

La paz. Ésta es la oración de la Iglesia para todos en este Año Nuevo, una oración que hoy ponemos en la presencia del Padre a través de las manos de la Santísima Virgen María, bajo cuyo amparo y protección nos acogemos una y muchas veces más [4]



[1] Cfr. 4. 4.
[2] Lc 11, 27.
[3] Cfr Num 6, 22-27.
[4] J. Guillen García, Al hilo de la Palabra. Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B. Granada 1993, p. 27 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris