Todos los Fieles Difuntos (2014)

En un antiguo artículo de la escritora estadounidense Pearl S Buck, en el que hablaba sobre la vida y la muerte, citaba la carta que le escribió una mujer desconocida que había perdido a su marido: «Cuando mis pequeños no pudieron comprender el silencio de su padre, recientemente fallecido y que les quería mucho, traté de explicárselo describiéndoles el ciclo vital de su caballito de mar. Comienza como un gusano en el mar; pero, en el momento justo, emerge, y cuando se da cuenta de que tiene alas, vuela. Supongo –les dije- que los que se quedan en el agua se preguntan dónde se ha ido y por qué no vuelve. No puede volver porque tiene alas, ni los que se quedaron pueden volar junto a él porque todavía no las tienen». Y termina diciendo: «Es cierto; aún no tenemos alas, pero llegará un día»[1].

La historia es sin duda bonita, pero ¿es real? ¿Es verdad que «aún no tenemos alas» pero que llegará un día en que todos nos volvamos a reunir de nuevo? Hay un texto del libro del Apocalipsis en el que se presenta también simbólicamente lo que es la vida que nos espera detrás de la muerte y que quizá pueda hacernos comprender mejor: ha pasado este primer cielo y esta primera tierra con sus angustias y sus tristezas –también con sus amores, con sus alegrías y sus ilusiones-, y con la muerte pasamos a ese cielo nuevo y esa nueva tierra, donde ya no habrá llanto ni luto ni lágrimas ni dolor, porque el primer mundo habrá pasado,  donde Dios habrá dicho al corazón del que ha muerto: Yo soy tu Dios y tú eres mi hijo, y donde, sobre todo, la sed de felicidad y de perpetuidad que está grabada en la entraña del ser humano encontrará finalmente descanso, porque los sedientos beberán de balde de la fuente de agua viva

Toda la liturgia de éste día dedicado a recordar a los difuntos nos invita a detenernos y reflexionar un momento en el hecho de que el amor de Dios es más fuerte que la misma muerte; que el destino de los que ya se macharon –el destino de sus amores, de sus luchas, de sus alegrías y de sus tristezas- no fue la muerte definitiva, sino la vida eterna, y que desde este mundo es posible decir, con una fe humilde pero esperanzada aquello tan entrañable del libro sagrado: Dichosos los muertos que mueren en el Señor porque sus obras les acompañan[2].

Al final de nuestra vida, al final de nuestras búsquedas, de nuestros deseos de ver, estará, brillante el rostro de Dios[3].

Escribía hace poco mi buen amigo Suso: «Al morir Manuela algo de mí, que ya era ella, se fue. Y algo de mí, resucitó en ella. Algo de ella que todavía es yo, se quedó. Algo de ella espera a mi resurrección». Es la palabra de fe y de esperanza que hoy podemos pronunciar. Sí: aún no tenemos alas, pero llegará el día en que vuestros ojos verán finalmente al amigo, al esposo, al padre, a la amiga que se han marchado, ellos están allá, y allá nos esperan, nos esperan en ese lugar donde es realidad aquello tan entrañable que ya decimos en el memento de difuntos de la celebración eucarística:

«Y a nuestros hermanos difuntos
y a cuantos murieron en tu amistad
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria;
allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos,
porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro,
seremos para siempre semejantes a ti
y cantaremos eternamente tus alabanzas»[4]



[1] Pearl Sydenstricker Buck (June 26, 1892 – March 6, 1973), also known by her Chinese name Sai Zhenzhu was an American writer and novelist. As the daughter of missionaries, Buck spent most of her life before 1934 in China. Her novel The Good Earth was the best-selling fiction book in the U.S. in 1931 and 1932 and won the Pulitzer Prize in 1932. In 1938, she was awarded the Nobel Prize in Literature "for her rich and truly epic descriptions of peasant life in China and for her biographical masterpieces." After her return to the United States in 1935, she continued her prolific writing career, and became a prominent advocate of the rights of women and minority groups, and wrote widely on Asian cultures, becoming particularly well known for her efforts on behalf of Asian and mixed race adoption.
[2] Apoc 14,13.
[3] J. Gafo, Dios a la vista. Homilías ciclo C., Madrid 1994, p. 408 ss.
[4] Misal Romano, Plegaria Eucarística III. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris