Amargo es el recuerdo de la muerte
en que el hombre mortal se aflige y gime
en la vida presente, cuya suerte
es morir cada día que se vive.

Es verdad que la luz del pleno día
oculta el resplandor de las estrellas,
y la noche en silencio es armonía
de la paz y descanso en las tareas.

Pero el hombre, Señor, la vida quiere;
toda muerte es en él noche y tiniebla,
toda vida es amor que le sugiere
la esperanza feliz de vida eterna.

No se oiga ya más el triste llanto;
cuando llega la muerte, poco muere;
la vida, hija de Dios, abre su encanto:
«La niña no está muerta, sólo duerme.»

Señor, da el descanso merecido
a tus siervos dormidos en la muerte;
si el ser hijos de Dios fue don vivido,
sea luz que ilumine eternamente. Amén


 Himno del Oficio de Laudes 
de la Liturgia de las Horas

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris