Tenía que ir,
tenía...,
a Jerusalén,
ciudad del amén,
y de Eucaristía;
y luego morir,
que Dios lo quería,
tenía.

Que Dios no lo quiera,
Simón le decía;
aparta esa idea
tan fea y sombría,
que nunca suceda
tan gran villanía,
que no es tu camino
ni es cobardía.

No tientes, Satán,
Jesús respondía,
no seas tropiezo
porque esta es mi vía,
no quieras salvarme,
con tal osadía,
que el Padre me llama
y la Profecía.

Quien quiera seguirme,
ponerse a mi guía,
que tome su cruz
cual tomo la mía,
las dos serán una
en toda armonía,
un solo el amor
si a mí se confía.

Quien busque salvar
su vida y valía,
entera la pierda
en esta porfía,
y en mí encontrará
lo que él no sabía,
su vida divina
que en mí poseía.

¿De qué sirve al hombre
mundial nombradía,
ser dueño del orbe
y la economía,
si pierde su alma
por esto que ansía,
y gana el infierno
que bien lo temía?

Jesús amoroso,
en tu compañía
yo quiero marchar
por mi travesía,
Tú vives, tú reinas
en gloria y latría,
y un día vendrás
en tu Parusía.

Jesús, el Viviente,
presencia, estadía,
y abrazo de amor
que no fantasía,
mi alma proclama
tu soberanía;
que viva yo en ti,
en ti noche y día. Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Encarnacón de  Díaz  (La Chona), Jal. 23 agosto 2011

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris