XVII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

En la serie de parábolas que hemos ido escuchando los últimos domingos, y con más fuerza en éstas últimas, el Señor describe al creyente como un hombre sorprendido por el hallazgo de un gran tesoro e invadido por un gozo que determina en adelante toda su conducta, “lleno de alegría” dice la traducción en castellano. Qué pena que seamos muchos los cristianos que no entendemos el evangelio como fuente de vida y alegría y buscamos la paz para nuestro corazón en otros lugares; a veces damos la impresión de que seguimos a un Dios exigente, a un Dios que hace más incómoda la vida y más pesada la existencia. En el salmo hemos recitado –o cantado en algunos lugares- Yo amo, Señor, tus mandamientos ¿lo hemos cantado con el corazón?

¿Por que escasean tanto hoy esos creyentes llenos de vida y de alegría? Lo ordinario es encontrarse con cristianos, como decía Greeley, "cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa ni lo estuvieron nunca", cristianos que nunca han creído nada con entusiasmo. Es verdad, y debemos reconocerlo: nos apoyamos en la doctrina o en la Iglesia pero en nuestra vida hay poco gozo y poca sorpresa, quizá es que no hemos descubierto por experiencia propia el evangelio como el gran secreto de la vida, quizá ahí está nuestro problema, y entonces la solución esté en pedir, como el rey Salomón, la sabiduría, tomando quizá prestadas las palabras que escuchamos en la primera de las lecturas: por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón[1].

A lo largo de los siglos, los cristianos hemos elaborado grandes sistemas teológicos, hemos organizado una Iglesia universal, hemos llenado bibliotecas enteras con eruditos comentarios a toda la Escritura, pero ¿sentimos y contagiamos el mismo gozo que el hombre que halló aquel tesoro oculto, o la perla o los pescadores?

Y sin embargo, también hoy «puede suceder que un hombre se encuentre repentinamente frente a la experiencia de Dios, y que de ahí resulte un gozo arrollador capaz de determinar en adelante toda su vida» (N. Pemn), y que nos suceda lo mismo que a san Agustín y podamos decir con él: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti»[2].

La invitación de Dios a través de su Palabra en la liturgia de éste domingo es a «cavar» con confianza, a detenernos un momento a meditar y saborear despacio lo que con tanta ligereza a veces confiesan nuestros labios, ¡cuántas veces nos quedamos en fórmulas externas, en la superficie de los ritos, sino ahondar en nuestras vivencias, sin descubrir las raíces más profundas de nuestra fe, sin abrirnos con confianza a Dios, abandonando todo lo que tenemos y somos –bueno y malo, pequeño y grande, barro y gracia- en sus manos de Padre amoroso! Quizá hoy podamos descubrir cómo Dios puede ser fuente de vida y gozo arrollador. Quizá hoy entendamos que la renuncia y el desprendimiento no son un medio para encontrarnos con Dios sino la consecuencia de un hallazgo que se nos regala por sorpresa[3]



[1] Cfr. 1 Re 3, 5-13.
[2] Confesiones, Libro 7, 10. 18, 27
[3] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 5 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris