Domingo de Pentecostés (2014)

La fiesta de Pentecostés es la tercera gran celebración liberadora. La primera fue Navidad, cuando Dios se hace humano y amigo, pobre y pequeño, cuando nos llueve y penetra la ternura[1], cuando nos abrimos a la esperanza, porque Dios viene a liberar a su pueblo. La segunda fue la Resurrección, cuando Dios se hace espiga de primavera, vida y victoria, amor que vence toda esclavitud y toda muerte. La tercera hoy: Pentecostés, donde Dios se hace aliento vivificante, fuerza insuperable, fuego de amores. Es el don del Espíritu Santo, que todo lo recrea y que se derrama en  nuestros corazones[2].

Para hablar del Espíritu Santo utilizamos más los símbolos porque su personalidad la tenemos menos definida que la del Padre o la del Hijo. Acudimos a los símbolos y a los efectos. No sabemos definir muy bien quién es el Espíritu, pero sentimos su fuerza, su libertad, su alegría, su vida, su amor. Es luz y fuego, brisa y viento, venero y río, nube y tormenta, aceite y perfume, sellos y arras de esperanza. La paloma que pacifica, defensor que libera, el huésped que acompaña; maestro de la verdad, consolador maravilloso, abrazo que reúne a los dispersos, dador de gracias y carismas, director espiritual, pura energía de amor. La liturgia presenta himnos preciosos que con solamente leerlos nuestro corazón se alegra[3]. El Señor compara el Espíritu con el viento, y es que el viento es algo espiritual, que nadie puede ver, pero que se siente su fuerza y energía: sopla donde quiere –le dice a Nicodemo aquella noche - y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y a dónde va. Así es todo lo que nace del Espíritu[4]. El Espíritu es inasible e imprevisible. Es pura libertad. Nadie puede manipularlo. Nadie puede forzar su venida o prever sus movimientos. Nadie puede conquistarlo o merecerlo. Es absoluta gratuidad. Se regala como estímulo, como paz, como alegría, como inspiración, como amor.

En la Sagrada Escritura el término tanto en hebreo como en griego para designar al Espíritu es viento o aliento, eso que respiramos y que nos hace vivir. Es el aliento que Dios sopló al principio sobre el barro humano: e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente[5]. Aliento de vida, soplo de Dios, que todo lo vivifica: envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra[6]. Aliento que ya aleteaba sobre la superficie de las aguas[7] al principio de toda creación. Y es Job quien, en nombre de todo ser humano, confiesa: el soplo de Dios me hizo, me animó el aliento del Señor[8]. Ese viento que unas veces es brisa suave que alivia y refresca. Muy significativa es también la experiencia de Elías: «Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán...; pero no estaba el Señor en el huracán. Después... un terremoto; pero no estaba el Señor en el terremoto. Después, fuego, pero no estaba el Señor en el fuego. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, se cubrió su rostro con el manto...»[9]. El Espíritu de Dios no siempre se manifiesta en los grandes acontecimientos o en experiencias apasionadas. El Reino de Dios no se parece a una gran manifestación sino a un grano de mostaza. Dios nació arropado por la brisa de la sencillez y la humildad. Dios puede hacerse presente en la brisa suave de una caricia, una sonrisa o una paz muy íntima. El Espíritu se puede hacer sentir en la brisa de una música callada, de un poema sencillo, de una palabra amistosa, de una persona buena.

Pero el viento otras veces es impetuoso, que arrastra y eleva, venciendo todo tipo de dificultades. Es la fuerza invencible del Espíritu. También así se manifiesta y se hace presente. Muchas de las teofanías clásicas son precedidas de tormentas y vientos fuertes: inclinó el cielo y bajó, con nubarrones bajo sus pies; volaba a caballo sobre un querubín, cerniéndose sobre las alas del viento[10]. El día de Pentecostés el viento del Espíritu sonó con fuerza: vino del cielo un ruido, como el de una ráfaga de viento impetuoso[11]. Se trata de una experiencia fuerte, un viento que va a transformar muchos corazones, va a abrir las puertas cerradas, va a remover las losas de todos los sepulcros, va a conmocionar hasta los últimos cimientos de las estructuras humanas.

En Pentecostés los discípulos se llenaron de alegría y no había quien los parara: ni las presiones políticas o religiosas, ni la burla de los sabios y prudentes, ni las exigencias de las autoridades, ni el sufrimiento o la muerte. También el Espíritu hoy puede derramarse sobre nosotros con la fuerza de Pentecostés. Es el Espíritu que derriba los muros de la vergüenza o reconcilia a naciones y razas enfrentadas. O a los hermanos enfrentados, who knows. El Espíritu que se manifiesta en una explosión de luz o en una tormenta de lágrimas. El Espíritu que hace hablar en libertad y valentía a los profetas de todos los tiempos.

El Señor quiso entregar aquel espíritu generosamente a los suyos, evocando el soplo creador. Es muy conmovedor ver a Jesús exhalando su aliento sobre aquellos amigos suyos, quería transmitirles su vida más íntima, la fuente de sus ternuras y sus entregas, la inspiración de sus palabras y sus gestos, el alma de su oración y su evangelio, la fuerza de su amor, la vida de su vida, su Espíritu. Ahora ya pueden entender todas sus palabras y todo su misterio. Ahora se sentían capacitados para dar testimonio de lo que habían visto y oído. Ahora ya podían prolongar y completar su obra.

Veinte siglos después Jesús sigue exhalando su aliento sobre nosotros. Hace pasar su Espíritu a nuestros pulmones, para que podamos respirar en sintonía con él. Quiere decir que podemos orar la oración de Jesús, repitiendo con él constantemente el Abba; o que Jesús puede seguir renovando su oración en nosotros. Quiere decir que podemos sentir y amar como Jesús, o que Jesús puede prolongar sus sentimientos y su amor en nosotros. Quiere decir que podemos repetir las bienaventuranzas de Jesús y todo su evangelio, o que él puede seguir evangelizando a los pobres por medio de nosotros.

Aquel entrañable y profundo recibid el Espíritu Santo de Jesús a sus apóstoles sigue sucediéndose entre nosotros, es como si el Señor nos dijera: “Bebed el agua más pura y el vino más generoso. Bebed una y otra vez, que no se agota. Respirad el aire más limpio: oxigenaos bien con mi aliento, inspirad y exhalad bien mi Espíritu; hacedlo así, hondo y despacio, que penetre bien el oxígeno de mi Espíritu en toda vuestra sangre, que os compenetréis bien de mi Espíritu. Respiradlo bien, así, hondo y despacio, una vez y otra, indefinidamente, eternamente”



[1] Coeli Rorate (o Rorate Caeli), son unas palabras tomadas del libro de Isaías (45,8) que se utiliza en la litúrgica católica (un poco menos pero también en la protestante) al comienzo del Adviento para indicar la venida del Señor como el rocío que fecunda la tierra.
[2] Cfr. Rm 5,1-5.
[3] Veni Creator Spiritus, Veni Sancte Spiritu, etc.
[4] Jn 3, 8.
[5] Cfr. Gn 2, 7.
[6] Sal 103, 30
[7] Gn 1, 2
[8] Jb 33, 4
[9] 1R 19,11-13
[10] Sal 17, 10-11.
[11] Cfr. Act 2, 2. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris