VI Domingo de Pascua (A)

Dentro de poco vamos a celebrar la solemnidad de la Ascensión y pocos días después Pentecostés. Este domingo la liturgia nos invita a prepararnos. Al recordarnos Jesús que el mundo no es capaz de verle a él, ni tampoco al Espíritu que el Padre nos enviará, nos está previniendo sobre algo importante. En el mundo y ambientes en que vivimos se da hoy una perspectiva, digamos, profana de la persona de Jesús. Para cada vez más personas Jesús es un personaje como otro cualquiera en la historia, importante, sí, o interesante, pero uno más, a la altura de cualquier otro líder religioso. Para nosotros, cristianos, católicos, Jesús además de ser un hombre histórico, es también Dios, es la segunda persona de la Santísima Trinidad y por ello en él encontramos el fundamento de nuestra fe, y con él sabemos dar razones de nuestra esperanza[1].

Y junto con Jesús, la Iglesia, Mater et Magistra, Madre y Maestra[2]. Caemos ¡tantas veces! En la tentación de verla con una mirada puramente de mundo. Constituida por todos nosotros, pecadores, es lógico que sea limitada, y se parezca demasiado a instituciones terrenas, sin embargo se hace necesario reforzar nuestra actitud hacia ella pues sabemos que está guiada por el Espíritu. Creemos en la Iglesia no por la prudencia de quienes la dirigen, sino porque creemos en el Espíritu que continúa asistiéndola[3]. Además –son palabras de Papa Francisco- «el aporte de la Iglesia es enorme. Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros de la Iglesia y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre»[4]. Pero esto no basta. Quedarnos solamente con ésta parte también nos haría daño. No podemos ni debemos obsesionarnos con la pura apariencia de la Iglesia. Esto se evita –es nuevamente Papa Francisco quien nos avisa- «poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!»[5]

Con el relato del libro de los Hechos que escuchamos en la primera de las lecturas comprendemos que Jesús vive y está en la comunidad. Hoy nos preguntamos ¿Somos comunidad? ¿Qué es lo que tenemos en común? ¿Nos sentimos unidos en la fe, en la esperanza y en el amor? ¿Estamos disponibles para trabajar por nuestra comunidad y por la Iglesia, o tenemos tantas obligaciones que no nos queda tiempo para convivir y compartir con los hermanos de la parroquia? El Señor vive y está en los pobres y en los enfermos: ¿Los atendemos? ¿Nos olvidamos de ellos o les sacamos la vuelta?

Esta sociedad difícilmente puede entender o aceptar una vida animada -¡vivificada!- por el Espíritu. Pero es este Espíritu a cuya fiesta nos preparamos es el que defiende al creyente y le hace caminar hacia la verdad, liberándose de la mentira social, la farsa de nuestra convivencia y la intolerancia de nuestros egoísmos diarios. Alguien decía que el cristiano es un soldado sometido a la ley cristiana. Es más exacto decir que el cristiano es un «artista». Un hombre que bajo el impulso creador y gozoso del Espíritu aprende el arte de vivir con Dios y para Dios [6]



[1] Cfr. 1 Pe 3, 15-18.
[2] Por cierto, Mater et magistra (latín: 'Madre y Maestra') es una carta encíclica del Papa Juan XXIII que fue promulgada el 15 de mayo de 1961. Trata sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la Doctrina Cristiana y presenta a la Iglesia como Madre y Maestra, de allí su nombre en latín Mater et Magistra. Fue anunciada el día anterior ante miles de personas en un discurso dirigido "a todos los trabajadores del mundo".
[3] R. Malla, Misa Dominical 198, n. 11.
[4] Papa Francisco, exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 76. El texto completo puede leerse aquí: http://www.aciprensa.com/Docum/evangeliigaudium.pdf
[5] Id., n. 97.
[6] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 57 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris