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Tened cuidado del engaño cuando oráis o cantáis salmos al Señor. Los demonios sorprenden los sentidos del alma y nos hacen, traicioneramente, decir una cosa por otra, cambiando por blasfemias los versículos de los salmos y haciéndonos proferir impiedades. O bien, cuando entonamos el salmo, nos hacen llegar rápidamente al final, borrando de nuestro espíritu la parte del medio, o nos hacen dar vueltas en redondo sobre el mismo versículo, sin dejamos encontrar la continuación del salmo. O, cuando hemos llegado al justo medio, bruscamente nos retiran el recuerdo de todos los versículos que siguen, de modo que olvidamos el versículo que teníamos sobre los labios y no podemos reencontrarlo ni volverlo a atrapar. Actúan de ese modo para debilitamos y disgustamos y también para arruinar los frutos de la oración, volviéndonos sensibles a su extensión. Pero resistid valientemente y ligaos cada vez más a vuestro salmo para, en la contemplación, recoger en los versículos los frutos de la oración y enriqueceros con la iluminación del Espíritu santo, reservada a las almas que oran Nicetas Stethatos (aldededor del a. 1005) 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris