IV Domingo de Pascua (A)


La expresión y el lenguaje tiene más importancia de lo que puede parecer a primera vista. Los apóstoles y los primeros cristianos expresaban su fe en la persona de Jesús llamándole Señor. ¿Qué querían decir con esta expresión? Muchas cosas pero ante todo  el término reflejaba una experiencia vital. El término muy probablemente viene del lenguaje social y político. La palabra castellana señor tiene detrás al basileus y kirios griego, y el dominus latino y significan poder, grandeza, señorío[1]. Algo que en el mundo oriental enlazaba con los dioses, con la divinidad. En algunas culturas y civilizaciones el rey o el emperador era considerado como dios. También hoy, entre nosotros, la palabra señor tiene este significado de poder humano y se suele aplicar al jefe, al dueño, al amo y al rico. ¿Qué sentido tiene entonces esta palabra aplicada a Jesús? ¿Cómo es el señorío de Jesús? Jesús como Señor, viene a ser, digámoslo así, como una primera profesión de fe, como el primer Credo de la comunidad cristiana. Esta fórmula expresa, en primer lugar, el poder de Jesús. Un poder que viene respaldado por la resurrección, la cual ha desvelado de una vez para siempre quién es Jesús, su divinidad. La audacia de la fe de los primeros cristianos llegó hasta aquí. No cabe pensar en mayor grandeza. Grandeza muy superior a la de reyes o emperadores y señores de este mundo, muy superior y muy distinta.

Sin embargo, Jesús es señor pero no como los de este mundo. Jesús es el Salvador, el único y verdadero salvador para todo hombre, y salva no con el poder humano, sino con cosas muy distintas: el servicio al hermano, el perdón, la cruz. En realidad salva con el poder de Dios que no se apoya en dinero, ni en el mando, ni en astucia, ni en la violencia o la prudencia humana. Es una salvación que viene por la debilidad, por la pobreza, por lo que dijo e hizo Jesús. Con la kénosis, en una palabra.

El señorío de Jesús es muy distinto al del rey o del amo. El peligro de confundir el señorío de Jesús siempre nos acecha a los discípulos de Jesús y a su Iglesia. En la historia de la Iglesia se ha dado muchas veces, con unos resultados catastróficos, es como una perversión, porque se cambia el poder de Dios por el poder humano[2].

Justo por esto es que quizá la palabra pastor es la que mejor expresa el señorío de Jesús. En una cultura urbana e industrializada como la nuestra quizá lo entendemos con menos claridad. El buen pastor está cerca de las ovejas, las conoce, las cuida, va delante de ellas. Vive entre ellas y por ellas. A las cojas y enfermas no las abandona ni remata, sino que las presta un cuidado especial. Busca a la perdida y está dispuesto a dar la vida por todas. El buen pastor no se entiende en términos de explotación o dominio, sino de vida, pastos y salvación. Al buen pastor se contrapone el mercenario y el ladrón, que saltan por la ventana y no entran por la puerta.

El buen pastor es el que mantiene unido al rebaño, el que hace comunidad. Si Jesús es pastor es porque hay ovejas, hay comunidad. El pastor sólo se entiende en función del rebaño, sin éste no hay ni se necesita pastor. Así es como en torno a Jesús nace la comunidad, la Iglesia, sin autoritarismo ni paternalismo…

La primera lectura de este domingo relata cómo a las personas que escucharon a Pedro el día de Pentecostés les llegó el sonido de la flauta del Pastor a través del discurso y de la actuación del Espíritu. Estas palabras les llegaron al corazón, dice el texto[3]. Así es como quedan dispuestos para adherirse al rebaño, ¿Qué es en realidad lo que entendieron? Justamente lo que dice San Pedro en su carta y que escuchamos en la segunda de las lecturas: Sus heridas os han curado[4], es decir nos han salvado de vagar como ovejas errantes; nos han salvado de la sordera del corazón, al que se hace extraña la voz de Dios.

Y porque se trata de la voz del Pastor que da su vida por sus ovejas –una voz que no decepciona, una voz de amor humilde y verdadero, una voz que cumple lo que promete-, por eso obliga moralmente a escuchar con toda atención. No es otra que la voz de la Eterna Palabra, la flauta del Creador del mundo. Una voz que ha entregado su vida y que en el día de su resurrección vuelve a vivir y a lanzar su palabra firme, tan poderosa que nadie la podrá acallar.

Nosotros nos rendimos a esta evidencia una vez que las palabras del Maestro encuentran paso hacia nuestro entendimiento desconfiado y convencen a nuestro titubeante corazón. La necesaria y permanente conversión que nuestra fe nos exige consiste precisamente en volver una y otra vez el oído a la flauta del Pastor, a la amable voz del Maestro





[1] El término kyrios se usa en la Septuaginta, es decir, en la traducción de la Biblia hebrea al griego, y el Nuevo Testamento griego, y aparece aproximadamente 740 veces en el Nuevo Testamento.
[2] Absolutismo es la denominación de un régimen político, una parte de un periodo histórico, una ideología y una forma de gobierno o de Estado (el Estado absoluto), propios del llamado Antiguo Régimen, y caracterizados por la pretensión teórica (con distintos grados de realización en la realidad) de que el poder político del gobernante no estuviera sujeto a ninguna limitación institucional, fuera de la ley divina.1 Es un poder único desde el punto de vista formal, indivisible, inalienable, intranscriptible y libre. Los actos positivos del ejercicio del poder (legislación, administración y jurisdicción) se apoyaron en la última instancia de decisión: la suprema monarquía, emanando de ella, no estando por encima sino por debajo;2 lo que implica la identificación de la persona del rey absoluto con el propio Estado.
[3] Hech 2, 14.36-41.
[4] 1Pe 2, 20-25.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris