Jueves Santo de la Cena del Señor (2014)

Hoy que tanto nos gusta hablar de herencias y legados (paja que se lleva el viento, por cierto[1]) y aprovechando la tarde del Jueves Santo, quizá sería bueno detenernos un momento y pensar en aquello que el Señor dejó a los discípulos –la primera comunidad de cristianos- y que sí importa: no dejó ni un catálogo de dogmas que resumiera lo que debe creerse, ni un código articulado de moral que fijara lo que debe practicarse, ni siquiera un organigrama que determinara cómo debía organizarse la Iglesia. El Señor confió que los apóstoles sabrían hallar la verdad que debían vivir y anunciar, el camino que debían seguir, y la organización conveniente para las comunidades cristianas. El Espíritu guiaría a los creyentes. El recuerdo del Señor se irá haciendo vivo, concreto, en cada lugar y momento, bajo la guía del Espíritu. No era necesario dejarlo todo predeterminado (¡sería como dejarlo muerto!), pero aquella noche, la noche del gran final, la noche antes de la muerte, Jesús dejó a los discípulos un gesto sencillo como memorial suyo. No un catálogo, no un código, no una organización, sí el pan y el vino. El pan y el vino que son su cuerpo ofrecido y entregado por nosotros, su sangre alianza nueva y para siempre. Y el pan y el vino, el cuerpo y la sangre, son su memorial. Para siempre más, hasta que vuelva.

Esto es lo que el apóstol Pablo dice que es la tradición que ha recibido, la tradición que viene del Señor[2]. Esto es lo que hacía la primera comunidad ya desde la resurrección, lo que siglo tras siglo han hecho en todo el mundo la multitud de comunidades de cristianos. Esto es lo que hoy, esta tarde, nosotros, comunidad de cristianos, hacemos: renovar la memoria del Señor. Vale la pena que nos preguntemos qué significa para nosotros esto que hacemos como memoria del Señor, qué hacemos para ser fieles a la gran confianza, a la gran fuerza, que el Señor puso en este pan y vino compartido, único memorial suyo. ¿No debe significar que en la Eucaristía hemos de hallar (más que en ningún otro sitio) qué significa ser cristiano, cómo se es cristiano?

Es posible que a veces nos cueste de entender, incluso de aceptar las afirmaciones de la fe cristiana, por lo menos algunas. Es posible que no preguntemos qué significa decirse cristiano, qué diferencia hay entre el cristiano y otros hombres que creen también en la fuerza del amor, en la causa de la justicia, en la necesidad de buscar la verdad. Es posible: la fe no es fácil, no resuelve todos los problemas, no es una seguridad. Pero cuando nos reunimos para renovar el memorial del Señor, nos encontramos para renovar aquello que es central en nuestra fe, aquello que nos define como cristianos: no hacemos sólo un piadoso recuerdo de algo que sucedió hace veinte siglos, sino que expresamos nuestra convicción más íntima, más radical, más comprometedora.

¿Y cuál es esta convicción? La seguridad de que Dios que nos da a conocer su rostro en la donación de Jesús en la muerte en la cruz, en la alianza de amor que es más fuerte que nuestros pecados, en una alianza que es fecunda, eficaz, que construye el Reino, cueste lo que cueste, siempre más, hasta la plenitud de la vida eterna.

Pero esta fe, mucho más que una afirmación teórica, es una manera de vivir. Una manera de vivir que venimos a recordar, a aprender, a alimentar en el memorial del Señor. Por eso lo que hacemos, es sobre todo un gesto de comunión. Participar del amor vivo de Jesús para vivirlo en nuestra vida. Cuando no sepamos qué significa vivir cristianamente, recordemos qué hacemos en el memorial del Señor.

Y también, cuando nos cueste entender qué es la Iglesia, qué es la comunidad cristiana, recordemos también el memorial del Señor.

Eso es la Iglesia: la comunidad de los que se reúnen para renovar la fiesta del Señor, la lucha del Señor. Sabiendo que lo que Dios espera de nosotros, como comunidad cristiana, es que seamos fieles a su ejemplo, a su servicio.

Precisamente hoy recordamos aquel gesto simbólico de Jesús: Él, el Maestro y Señor, lava los pies a los discípulos. Durante siglos la Iglesia renueva este símbolo. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. ¿Sabemos nosotros lavar los pies a los hermanos? Os he dado ejemplo nos dice esta tarde Jesús. ¿Sabemos seguir su ejemplo? ¿Servimos a todos, o somos vamos haciendo selección, volviéndonos elitistas y separados del resto de la comunidad? En el mundo contemporáneo –dice Papa Francisco- son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan  sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza»[3]. En todo caso, allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó  como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza![4]

Personas-cántaros. Detengámonos aquí. Una tarde entera para guardar silencio y reflexionar en ésta idea y en lo mucho que hay por hacer ¡Que el espíritu de dios venga en nuestro auxilio![5]





[1] Cfr. Job 21, 18.
[2] Cfr. 1 Co 11, 23-26.
[3] Benedicto XVI, Homilía durante la Santa Misa de apertura del Año de la Fe (11 octubre 2012): AAS 104 (2012), 881.
[4] Santo Padre Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 86. (El texto completo puede leerse aquí: http://www.aciprensa.com/Docum/evangeliigaudium.pdf
[5] J. Gomis, Misa Dominical 1987, n. 8

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris