IV Domingo de Cuaresma (A)

Es este el relato de un milagro? Podemos decir con cierta seguridad que no, que el evangelista más que relatar el milagro –que lo hace- nos cuenta el proceso de la fe. Al principio, todos están ciegos. Al final, uno curado y… muchos permanecen ciegos. Aquel hombre –ciego de nacimiento- sale de la noche: ¡Creo Señor![1], mientras que los judíos se sumergen en la noche de la incredulidad.

Este hombre es un ciego maravilloso, podría ser incluso el patrono de todos aquellos que andamos en busca de la luz. Sube obstinadamente hacia el misterio de Jesús, sin dejarse asustar por los que saben, y bromeando con ellos cuando los demás tiemblan[2].

Sin duda el evangelista escribe aquí una de sus páginas más vivas, salpicada de preguntas y sobresaltos: ¿Quién es ése? ¿Qué ha hecho? ¿Dónde está? ¿Quién es? Y tú, ¿qué dices de él? ¡Ese hombre no viene de Dios! Pero, ¿cómo puede hacer signos semejantes? ¿Eres tú discípulo de ese hombre? ¡Desde el nacimiento eres pecador! Ellos dicen "nosotros sabemos", y se ciegan a sí mismos…

Desde el comienzo de su evangelio Juan no deja de repetirlo: La luz brilla en la noche, pero la noche no capta la luz[3]. Ante el ciego que lo ve y los fariseos que lo miran pero sin ver Jesús se siente obligado a constatar lo que ocurre cuando él aparece: Los ciegos ven y los que ven se hacen ciegos...

A veces pensamos que vemos con claridad, que entendemos las cosas y la vida con meridiana claridad pero la realidad es que sólo lo intentamos, algunos días con éxito, algunas temporadas con tremendos fracasos, aunque la vida sigue. En cada página de nuestra vida somos ese ciego a quien Jesús da ojos dos veces: primero, para mirarlo, y luego para verlo. Pidamos hoy en la celebración de la Eucaristía la gracia de repetir una y otra vez la misma oración: Señor, que tengamos ojos para verte[4] y que creamos en Ti ■



[1] Jn 9, 38.
[2] Id., v. 27
[3] Id., 1, 5.
[4] Cfr. A. Seve, El Evangelio de los Domingos, Edit. Verbo Divino, Estella (Navarra), 1984, p. 202. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris