Solemnidad de la Epifania del Señor (2014)

Hoy podemos empezar éste ratito de silencio y de conversación preguntándonos qué quiso decir el evangelista cuando escribió su relato. Estamos casi al comienzo del evangelio y pareciera que el evangelista intentara contraponer dos mundos distintos: el de los que habitan en las tinieblas y el de los que habitan en la luz. En las tinieblas están el palacio de Herodes, los grandes de la época, los sumos pontífices y los letrados; en las tinieblas están los que dominaban y sabían la ley y la escritura. Los especialistas consultados respondieron con toda exactitud a la pregunta que les hizo Herodes. Saben con toda certeza que el llamado Rey de los judíos deberá nacer en Belén y en una época como la que están viviendo. Así lo dicen y lo aciertan. Sin embargo, no salen de las tinieblas en las que viven; su sabiduría no es capaz de ponerlos en movimiento para encaminarse hacia esa luz que anuncian, sino que los pone en guardia contra ella. A Herodes, esa respuesta le sirve para atacar violentamente al Rey descubierto. No sabían hasta qué punto ese Niño iba a estremecer los cimientos de la vida que disfrutaban, iba a cambiar radicalmente el curso de la historia y sobre todo dejaría descubierto las intenciones del corazón de todos[1]. De todos.

Frente a estos hombres, Mateo nos presenta otros que vienen de la tiniebla pero no viven en ella; hombres que tienen una inquietud que les hace salir de sus casas y de sus patrias para ir en busca de ese Rey sin rostro y sin nombre que se anuncia en el cielo y que les espera para sorprenderlos. Lo maravilloso de estos magos de Oriente que caminaron hasta Jerusalén desde la oscuridad de su paganismo es que fueron capaces de ver al Rey que buscaban en el Niño que encontraron.

No hemos vuelto a saber nada más de ellos, pero ningún rey de la historia, de lo que sabemos puntualmente su trayectoria desde el nacimiento hasta la muerte, ha soportado el paso del tiempo manteniendo intacta su popularidad y su juventud como estos tres Magos que  todos los años, pasan por el mundo haciendo el milagro de compartir con los demás la alegría que vivieron en Belén.

Hubo algo más que alegría en aquel momento de los Magos con Jesús, hubo peligro para ellos. Tuvieron que huir de los poderosos que los habían encaminado hasta Él. Resultaba peligroso que volvieran a Herodes para contarle que, por fin, habían encontrado al Rey que buscaban. Parece ser que es peligroso encontrarse con Dios y decírselo a los hombres y lo parece porque esto es así no sólo en el caso de los Magos sino en muchas ocasiones en las que los hombres han sido perseguidos porque se han atrevido a decirle al mundo como es el Dios que han encontrado. Y es que el encuentro de Dios puede resultar fastidioso cuando el encuentro se lleva a cabo desde la sinceridad y con la intención de buscarlo intentando aceptar todas sus consecuencias.

Hoy celebramos que los Magos tuvieron su Epifanía, su manifestación de Dios, porque supieron reconocer el rostro de Dios en los rasgos de un hombre-niño. Por tanto la lección es sencilla: si no somos capaces de encontrarnos con Dios en los hombres, no lo descubriremos nunca. Al menos no encontraremos nunca al Dios de Jesucristo, que es Alguien vivo y cercano que nos espera escondido en la mano del hombre que se tiende a nosotros para que la estrechemos cuando sufre o cuando goza.

Ir al encuentro de un Dios en el que sólo se piensa o al que sólo se le reza, compromete a poco; ir al encuentro de un Dios al que hay que descubrir en el hombre, sabiendo que ese hombre, porque Dios lo ha querido así, es mi hermano al que hay que amar tanto como nos amamos a nosotros mismos, es algo que acarrea consecuencias imprevisibles y, a veces, muy molestas, sin embargo si no caminamos por esa senda es muy posible que nunca alcancemos nuestra epifanía.

Podíamos hoy pedir a la Virgen Santísima que avive en nosotros la ilusión y el espíritu que hizo a los Magos salir de su casa, preguntar ansiosamente y descubrir a Dios iniciando un camino de conversión[2]



[1] Cfr Lc 2, 22-38.
[2] A.M. Cortés, Dabar 1987, 9.
Ilustración: Maestro miniaturista desconocido, Los magos y Herodes (ariba); los Magos y María y el Niño (abajo), Salterio de Ingeborg (c. 1195) iluminación sobre papel (304 x 204) mm, Musée Condé, Chantilly.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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