Fiesta del Bautismo del Señor (A) (2014)

Jesús comienza su vida pública con un gesto sorprendente: se presentó a Juan para que lo bautizara[1], y él los bautizaba en el río Jordán, a medida que confesaban sus pecados[2]. ¿Dónde están los pecados de Jesús para que necesite del bautismo?

Mirad a mi siervo, escuchamos en la primera lectura, y podríamos añadir: y mírenlo en la fila de los pecadores; es solidario, se acerca a la realidad del hombre y de la sociedad. Redimirá desde la encarnación. Establece contacto directo; no hablará desde las alturas del poder, ni desde teorías evadidas. Está inmerso en la realidad ¡huele a oveja![3]

El Señor sigue a Juan Bautista. Se separa, ya desde el comienzo, de las teorías y prácticas de fariseos y saduceos. Cree que no es la vuelta a la Ley lo que salvará, ni la violencia de los zelotes para expulsar a los romanos del país. Como Juan, Jesús cree en un cambio, en la conversión, en dejar la injusticia, el egoísmo, la idolatría del dinero y vivir en solidaridad y misericordia con los hermanos. Solamente después de esto podremos creer en Dios, convertirnos a Él, Padre de todos y hacer posible su reinado. La justicia es el primer paso hacia la fe. Por eso el Señor se hace bautizar. Está de acuerdo con la ruptura de la que este bautismo es signo; ruptura con el pasado, para hacer posible la llegada del Reino de Dios. Por eso la justicia que salvará a los pobres es la misión del siervo de Yavhé[4], enviado a anunciar la salvación a los pobres[5].

Por eso, hoy más que nunca es necesario acercarnos a los demás, sobre todo a los pobres y a todos los que sufren. Para detener la ola de egoísmo que reduce al hombre a una búsqueda de bienestar egoísta, evadido y culpable.
Y la compañía – o acompañamiento- a los pobres requiere mucho más que limosnas de dinero, o de pasar con ellos un sábado al mes con pretextos ¡ay! proselitistas. Ése acompañamiento va más allá, exige amor, presencia cercana, acogida, solidaridad, ternura. El Señor no se avergonzó de pasar por un pecador más. ¿Nos avergonzaremos nosotros de mancharnos con las miserias de nuestros hermanos? ¿Les rechazaremos con escándalo farisaico?

Curando a los oprimidos por el diablo, vuelve a decir la primera lectura. No puede darse un resumen mejor de la vida del Señor: misericordia y liberación. De ambas hizo el sentido de su vida como enviado del Padre. Amó hasta el extremo. Quiso acercarse a los más alejados y desfavorecidos, para mostrarles las preferencias de su Padre a favor de ellos. Con ello provocó el escándalo de los buenos y se firmó su propia sentencia de muerte. No exigió nada a cambio al acercarse a los pobres y pecadores; ni siquiera su conversión como condición previa, y es que el suyo era un amor auténtico, sin límites, y con ello revelaba un nuevo rostro de Dios: el de la misericordia. Aquella misericordia entrañable que mostró Jesús con los más oprimidos puede sensibilizar nuestras entrañas, deshumanizadas por el consumismo y la inconsciencia.

Cada uno de nosotros recibimos el bautismo, y en aquel momento –bebés- no entendimos absolutamente nada, ahora sabemos a qué nos compromete: a hacer el bien y a liberar a los oprimidos. Misericordia y liberación. Acoger al que sufre; escuchar con empatía; no huir de los marginados ni defenderse de los que tienen problemas; defender los derechos de los oprimidos; gritar por los que no tienen voz, o por los que no han nacido; amar con obras y de verdad. Este es el mensaje de Jesús y nuestro compromiso bautismal[6].

Estar bautizado en el Espíritu significa estar dispuesto a morir por los demás como Jesús. En la eucaristía celebramos que hacemos camino con Jesús. Que su Espíritu está en nosotros y que recibimos su fuerza. Demos gracias por el don del bautismo. Pidamos ser fiel a la llamada que hemos recibido de trabajar por los demás, de mostrarles que Dios acoge a todos[7]



[1] Mt 3, 13
[2] Mt 3, 6.
[3] HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO EN LA SANTA MISA CRISMAL, Basílica Vaticana, Jueves Santo 28 de marzo de 2013: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/homilies/2013/documents/papa-francesco_20130328_messa-crismale_sp.html
[4] Dicho mal y pronto, en el Antiguo Testamento «siervo de Yahveh» es un título, digamos, honorífico. Dios llama «mi siervo» al que destina a colaborar en su designio. Para cumplir o realizar este designio envía a su Hijo, siervo de Dios por excelencia; así, este título expresa incluso el aspecto más misterioso de su misión redentora: Cristo, en efecto, por su sacrificio expía la negativa de servir que es el pecado y une a todos los hombres en el mismo servicio de Dios.
[5] Misal romano, prefacio del Bautismo del Señor.
[6] L. Tous, Dabar 1993, 10.
[7] J.M. Fisa, Misa Dominical 1982, 1.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris