Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo (2014)

Cada siete años tenemos la alegría de celebrar ésta luminosa fiesta en Domingo. En la primera fiesta de la Presentación hubo dos extraños invitados. Se invitaron ellos mismos. María y José no hicieron otra cosa que "sentirse maravillados" por la intervención de aquellos dos invitados-sorpresa. Él se llamaba Simeón y era justo y piadoso. La tradición dice que era, además, viejo. Lo llamamos el anciano Simeón. Ella se llamaba Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era profetisa y tenía 84 años. Otra anciana. Ambos andaban por el templo paseando su esperanza. En una palabra: esperaban. Años y años esperando. Hasta que llegó Jesús y reconocieron en Él al objeto de su esperanza. Simeón improvisó un maravilloso poema de iluminación y Ana también alabó al Señor. Ninguno de los dos estaba previsto en el ritual de la Presentación pero he aquí que se erigieron en sombras maravilladas y luminosas del Protagonista. Eran humildes y esperanzados, por eso quedaron recogidos en el evangelio para siempre.

Simeón y Ana vivían con dos virtudes fuertes e importantes: esperanza y lucidez. No se cansaron de esperar y, en el momento justo, supieron descubrir al Salvador. No era fácil descubrirlo entre tanta gente, y no había sido fácil resistir años y años de esperanza.

La esperanza es cada vez más difícil y, por eso, es, cada vez, más virtud. Exige más fuerza, más entrega, mayor abundamiento de recursos sobrehumanos, mayor confianza en Aquel-que-todo-lo-puede y, tantas veces, parece que no puede nada.

Esperanza es confianza prolongada en el tiempo. Tensión. Pocos, muy pocos resisten. Lucidez es iluminación. Rara iluminación que viene de dentro y de fuera, de abajo y de arriba. Uno se deja iluminar por Quien puede hacerlo y, al mismo tiempo, deja salir la luz para iluminar a quien quiera dejarse iluminar. Todo, con sensatez y locura a partes iguales. Sólo son lúcidos los humildes y esperanzados. Los que todo lo esperan de Dios.

Qué dificil es para nuestra sociedad actual, para el ambiente en el que vivimos, mantener la esperanza en la salvación. Hoy el evangelio nos invita a los cristianos a mirar a estos do viejos que esperban, y en esperando encuentran al niño y en encontrándolo, mueren contentos porque sólo cuando Jesus llega tiene sentido la muerte de ellos. Es decir, la Vida.

La Presentación es una celebración de lucidez y esperanza y la liturgia nos invita a dejarnos llevar por estas dos virtudes. La presentación es una fiesta mística. Necesaria y misteriosa. El mundo de la Fe está lleno de viejecitos cantarines y protocolos sencillísimos y papás sin brillo –sin brillo aparente, queremos decir- que portan niños vulgares y sorpresas de luz que estallan en cantos de esperanza iluminando las noches más insoportables. El misterio del Misterio, resquebrajado por personas sencillas que viven y cantan, sufren y esperan…

Hermano mio, hermana mía, la Salvación y la alegría no llegarán traídos por el último sistema operativo o el último gadget, sino por la presencia del Señor. No descubren a Jesús los sabios engreídos de su sabiduría sino los limpios y humildes de corazón cuya esperanza conduce a la Lucidez, cuya lucidez conduce a la Esperanza. María, José, Simeón, Ana. En medio, Jesús. Este Salvador jamás se dejó atrapar por los poderosos, por eso la Presentación –el Hypapante, que dicen los griegos[1]- es fiesta de luz, esperanza, humildad y comunicación[2]




[1] Es una fiesta antiquísima de origen oriental. La Iglesia de Jerusalén la celebraba ya en el siglo IV. Se celebraba allí a los cuarenta días de la fiesta de la Epifanía, el 14 de febrero. La peregrina Eteria, que cuenta esto en su famoso diario, añade el interesante comentario de que se "celebraba con el mayor gozo, como si fuera la pascua misma". Desde Jerusalén, la fiesta se propagó a otras iglesias de Oriente y de Occidente. En el siglo VII, si no antes, había sido introducida en Roma. Se asoció con esta fiesta una procesión de las candelas. La Iglesia romana celebraba la fiesta cuarenta días después de Navidad.
[2] Cfr. B. M. Hernando, Dabar, 1992, 13.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris