Solemnidad de Santa María Madre de Dios y Jornada Mundial de oración por la Paz (1.I.2014)

Estrenamos un año (más) y como comunidad cristiana celebramos a Santa María como Madre de Dios y, por voluntad del Papa Pablo VI[1], la jornada mundial de la Paz.

En el evangelio que acabamos de escuchar vemos a la Virgen que guarda silencio; no escuchamos en absoluto su voz: María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. San Lucas, con esta expresión que repetirá más adelante[2] indica que María considera los acontecimientos de Belén como señales que anuncian el sentido de la vida de Jesús y, sobre todo, el misterio pascual. Eso quiere decir que la Madre de Jesús los vivía, no de una manera superficial o puramente sentimental, sino que los conservaba en su corazón, en los más íntimo de su persona y se esforzaba por entenderlos cada vez más y mejor.

Esta es la actitud que deberíamos tener también nosotros. Es verdad que nos cuesta, que hay muchas cosas que nos distraen, que absorben nuestra atención... pero hoy la Virgen María se nos presenta, una vez más, como lo que realmente es ella: la primera y más excelsa cristiana y por ello nuestro modelo indiscutible. No dejemos ir esta llamada de hoy. Procuremos, como ella, profundizar en el misterio de Navidad. No nos quedemos simplemente en la poesía, en el sentimiento, en el externo, en la paja que se lleva el viento. Pensemos qué nos dice ahora, hoy y aquí el hecho de que el Hijo de Dios naciera en un pesebre.

Precisamente esta es la señal dada por los ángeles a los pastores. La señal no es ningún palacio, ninguna persona poderosa: es, simplemente, un recién nacido colocado en un pesebre. Pensemos también cómo se realizó la primera evangelización (anuncio de la Buena Nueva). No fue dirigida a personas influyentes, sino a unos pastores que se encontraban acampados fuera de la ciudad.

La invitación del día de hoy es a profundizar en el mensaje de la Navidad: no nos quedemos simplemente en la corteza, en la periferia, en puros sentimentalismos estériles... María, la Madre de Jesús, nos lo enseña.

Hoy, Jornada mundial de oración por la paz, la Virgen María, modelo y signo de la Iglesia, nos indica que también nosotros hemos de ser portadores de paz a nuestro mundo. Tengamos el valor para descubrir las causas de los conflictos, no sólo a nivel mundial (a veces las guerras nos quedan lejos físicamente) sino a nivel personal, familiar. Haríamos mal en preocuparnos por la paz de los que están lejos de nosotros si nos despreocupáramos de sembrarla a nuestro alrededor. Reflexionemos y pensemos que si queremos de verdad la paz, no basta con un apretón de manos o una palmada en la espalda.

Hoy comenzamos un año nuevo. Dice H. Hesse que «en cada comienzo hay algo  maravilloso que nos ayuda a vivir y nos protege». Qué verdad se encierra en estas palabras cuando uno mira todo comienzo con ojos de fe. De nuevo se nos ofrece un tiempo lleno de esperanza y de posibilidades intactas. ¿Qué  haremos con él?

Las preguntas que podemos hacernos son muchas. Aumentaremos nuestro nivel de vida y nuestro confort quizás, pero, ¿seguirá empequeñeciéndose nuestro corazón? Tendremos  tiempo para trabajar, para poseer, para disfrutar, ¿lo tendremos también para crecer como  personas, como cristianos, como miembros de nuestra comunidad parroquial?

Este año será semejante a tantos otros. ¿Aprenderemos a distinguir lo esencial de lo  accesorio, lo importante de lo accidental y secundario? Tendremos tiempo para nuestras  cosas, nuestros amigos, nuestras relaciones sociales. ¿Tendremos tiempo para ser nosotros  mismos? ¿Tendremos tiempo para Dios?

Y sin embargo, ese Dios al que arrinconamos día tras día entre tantas ocupaciones y distracciones es el que sostiene nuestro tiempo y puede infundir a nuestra existencia una  vida nueva, un sentido a todo –absolutamente todo- lo que llevamos en nuestras pobres manos[3]

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris