una cara divina que nos llene de paz
cuando de repente miramos hacia el cielo
y vimos una estrella que a Él nos guiará

Era tal su brillo que con su claridad
alumbró un camino que nos llevó a un altar
y allí vimos un niño que desprendía amores
aromas de las flores le fuimos a entregar

Una voz decía postrándonos a sus pies
yo me llamo María y él se llama José
el niño es el Mesías viene a salvar a los hombres
y llevará por nombre Jesús de Nazareth

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris