Año viejo, examen nuevo (31.XII.2013)

Termina un año civil (el litúrgico apenas acaba de empezar) y todo invita al balance, al análisis, incluso al silencio y a la meditación. Una buena manera de terminar el año que empezó hace doce meses es haciendo examen de conciencia. San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús[1], pone el examen de conciencia en un lugar destacado de la espiritualidad jesuítica. Su momento es al declinar el día –a la caída del sol- y tiene dos momentos, el primero es considerar las gracias recibidas, y después la reflexión acerca de las faltas o pecados cometidos. Ambos polos conducen propiamente a la santificación personal por medio del agradecimiento y de la humildad.

El jesuita Tomás Morales[2], solía decir sobre el examen de conciencia: «El examen de conciencia es el instrumento oculto del sistema ignaciano, indispensable para mantener el contacto fluido y limpio con Dios. Es también el filtro por el cual se eliminan todos los inconvenientes, que dificultan esa relación. Hacer bien el examen de conciencia cada día, a lo largo del año, supone estar en continuos ejercicios espirituales en la vida diaria».

¿Cómo empezar? En primer lugar hemos de tomar nota de algo que se nos suele olvidar: la presencia de Dios. Saber que Él está. Cualquier acto de piedad y cualquier celebración litúrgica tienen como base tanto la iniciativa divina como el Hodie[3] eterno de Dios. Siempre estamos en el presente de Dios[4].

El auténtico examen de conciencia comienza, precisamente al experimentar y recibir la redención, ya que «la justificación es la obra más excelente del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús y concedido por el Espíritu Santo»[5].

San Ignacio centraba el examen de conciencia en cinco puntos muy sencillos y muy fáciles de recordar.

El primero es dar gracias a Dios por los beneficios recibidos. ¿Sorprende? Sí, sorprende. Y esto es porque habitualmente empezamos a darnos golpes de pecho mientras nos repetimos lo perversos que hemos sido. Y no es que no haya que reconocer la propia iniquidad, pero centrarnos en ella en lugar de realizar una acción de gracias supone una hipertrofia insana, propia de aquellos que siempre se lamentan de lo pecadores que han sido olvidando que el Señor vino a liberarnos de la esclavitud del pecado. El mejor medio para sentirnos pobres y experimentar la auténtica gratitud es precisamente el hecho de dar gracias, y no la repetición inútil y estéril de fórmulas auto acusatorias. Dar gracias a Dios nos hace caminar más ligeros por la vida, sabiendo que los bienes materiales son pasajeros. Libre de todo, el cristiano lo posee todo.

El segundo (momento) es pedir luz y gracia al Señor para reconocer los pecados. El examen de conciencia no es un ejercicio de memoria, ni un autoanálisis psicológico. El examen de conciencia es más bien dejarnos iluminar por la luz y el calor de Dios. Por mucho esfuerzo y resolución que pongamos, solamente la luz del Espíritu Santo nos dirá la verdad sobre nosotros mismos.

El tercero es la revisión práctica de nuestros actos. Este es prácticamente núcleo. El repaso de los actos realizados –repaso hecho bajo la guía de Dios- nos da cuenta de la eficacia de la oración a la hora de formar nuestra conciencia. Mirar los actos en sí mismos significa que no basta con una visión global de lo realizado sino que hemos de centrar nuestra atención a determinada falta o actitud negativa y persistente, aquello que constantemente se repite en nuestras decisiones y acciones.

El cuarto (momento) es pedir perdón a Dios por los pecados cometidos: habiendo tomado conciencia de la culpa personal, nos sentiremos movidos por la gracia para pedir perdón con auténtica humildad, pedir perdón ¡es también un don de Dios! Por eso no surge de aquí un sentimiento de tristeza, como aquellos que dicen hundirse o desanimarse cuando ven sus pecados. Al ser un don de Dios, el hecho de reconocer el propio pecado y, por tanto, de pedir perdón por el mismo, nos conduce al dolor por el amor: nos duele haber ofendido a Dios que nos ama y, junto a ello, recibimos la alegría propia de quien experimenta la misericordia divina (Detente aquí un momento y vuelve a leer lo anterior, especialmente la última frase)

Finalmente, el quinto y último punto que recomienda san Ignacio dentro del examen de conciencia es el propósito de enmienda, en la vida espiritual no avanzar es retroceder. Con el propósito de enmienda nos disponemos, con todas las capacidades que Dios nos ha dado, a corregir nuestra conducta, pero guiados por la gracia y no por nuestras propias fuerzas o, peor aún, con la esperanza puesta solamente en nuestros esfuerzos. No olvidemos que la suma de actos perfectos no hace a un hombre prefecto. Se puede empezar el día besando el suelo, rezar miles de jaculatorias, hacer medias horas de oración y más y ser un perfecto gruñón, un cascarrabias, alguien absolutamente insoportable, histérico, lejano a los intereses de los demás, avinagrado y, con frecuencia, solitario, incapaz de dar cariño y, lo que es peor, de recibirlo. Vienen a la mente las palabras de san Pablo: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto[6].

Por medio de estos actos de gratitud y arrepentimiento poco a poco vamos creciendo en el conocimiento de la acción de Dios en cada uno de nosotros, y se hacen vida en nuestra vida aquellas entrañables palabras de la Escritura: como arcilla en manos del alfarero, así eres tú en mis manos[7]



[1] La Compañía de Jesús fue fundada en 1539 por San Ignacio de Loyola, junto con San Francisco Javier, San Pedro Fabro, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás de Bobadilla, Simão Rodrigues, Juan Coduri, Pascasio Broët y Claudio Jayo en la ciudad de Roma, siendo aprobada por el Papa Pablo III en 1540.3 Con 17.637 miembros en enero de 2012 (sacerdotes, estudiantes y hermanos), es la mayor orden religiosa masculina católica hoy en día. Su actividad se extiende a los campos educativo, social, intelectual, misionero y de medios de comunicación católicos. El actual pontífice Francisco, el argentino Jorge Mario Bergoglio, es el primer Papa perteneciente a la Compañía de Jesús.
[2] Nacido en 1908 y muerto en 1994, fue Fundador de los Cruzados de Santa María y posteriormente de la rama femenina, Cruzadas de Santa María
[3] Hodie es una contracción de hoc die, y este un uso adverbial de hic, "este" y dies, "día"
[4] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica n. 2659; nn. 305, 1165, 2836 y 2837.
[5] Idem n. 1994.
[6] Cfr Flp 3, 13-14.
[7] Cfr Jer 18, 6. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris