XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (C) 20.X.2013

Podemos imaginar un padre y a un hijo sin hablar nunca entre sí? ¿Y a unos enamorados que no hablasen o lo hiciesen sólo de vez en cuando? ¿Y los amigos sumidos en un mutismo constante? Especímenes rarísimos, sin duda…

Uno de los dones que más apreciamos –porque nos permite relacionarnos- es el de la palabra. A través de la palabra podemos decir al otro nuestro amor (u odio), respeto (o desdén), confianza o inquietud, su admiración e incluso mostrar desprecio… Es inimaginable un hombre que no hable con aquél que, de un modo u otro, ama. Y sin embargo, en el cristianismo tenemos que esforzarnos por convencernos de la necesidad de la oración cuando la oración es sólo y únicamente hablar con Dios, con ese Dios al que decimos amar y seguir.

Orar para nosotros debería ser tan natural como lo es hablar; debería ser natural la necesidad de ponernos en contacto con Dios para decirle que le amamos y que le necesitamos. Ciertamente debemos hacer un esfuerzo para hablar con Dios al no encontrar, inmediatamente, la relación directa que encuentra aquí con "el otro" a quien nos dirigimos. Pero no es menos cierto que si tenemos una fe viva crecerá la necesidad de acudir al Señor, aún cuando se tenga la impresión de ser un monólogo sin respuesta…Detengámonos un momento en ésta idea el día de hoy.

El Señor insiste en el evangelio en la necesidad de orar. En momentos especialmente dolorosos y peligrosos para El y los suyos les hablará de su posible deserción advirtiéndoles que oren para no caer en la tentación[1], ¡Y es tan fácil caer en ella! En la tentación diaria de la indiferencia, de la vida fácil, del no comprometerse, del sentarse a ver la vida pasar…

El Señor nos llama a que oremos por encima de cualquier sensación de fracaso, con la insistencia que acometemos lo que de verdad nos interesa.

No me atrevería a afirmar que hoy hay una crisis de oración, sólo pensaría que estamos tan llenos de ruidos, de prisa, de orgullo, de competitividad, de grandes logros y de no menos grandes y ruidosos fracasos, que nos hemos olvidado de que ahí, cerca de nosotros y aun en la intimidad de nuestro corazón Dios está esperando a que le dediquemos unos minutos, un poco de tiempo para decirle, con sencillez,  lo que pensamos, tememos, deseamos padecemos y gozamos. Y es que la oración, la conversación con el Señor es justamente eso: tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama[2]



[1] Cfr. Mt 26, 41; Mc 14, 38; Lc 22, 40-46.
[2] Santa Teresa de Jesús, libro de la Vida, 8, 2

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris