Todo por ti, mi Señor,
hasta quedarme sin nada,
con el alma enamorada
que al fin encontró al Amor

I
Quebraré los dulces lazos
de una sutil atadura:
la sangre de mis raíces,
y la leche de mi cuna,
y la piel de mi apellido,
que es mi gloria y mi fortuna:
toma mi nombre, Señor,
nada de ti me desuna.

II
Mi presente y mi futuro,
que son propiedades tuyas,
mi salud y enfermedad,
que vienen, van y se turnan,
mi cuerpo amado y latiente
que goza, que sufre y lucha:
todo lo dejo en tus manos,
nada mi alma rehúya.

III
Y mi pura intimidad,
que es mi vida sola y pura,
de todo me desapropio,
como tu voz me susurra,
y que nada mío quede
para mi propia amargura:
que todo vuelva a su dueño,
nada mío y no sucumba.

IV
Renuncio a todos mis bienes,
vayan de mí y que fluyan,
como las aguas del río,
y como flota la espuma,
y seré mero discípulo
que fue educado en tu escucha:
yo quiero ser uno en ti,
Jesús, mi palabra suma

P. Rufino Mª Grández, ofmcap

Puebla, 1 septiembre 2010. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris