XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (C)


Siempre me ha impresionado la heladora soledad del hombre de la parábola del evangelio de éste domingo. Nadie está tan solo como este hombre rodeado –casi sofocado- de sus bienes. Más que contar sus rentas, parece hablar con ellas. Lo vemos en coloquio con las cifras, en diálogo amoroso con los libros contables. Su voz tiene el sonido de los dineros, de las monedas al caer (¿el mismo sonido que tanto atormentó a Judas?). Es un individuo sin nombre, sin rostro. No tiene mujer, ni hijos, ni amigos. El único lazo estrecho son sus bienes materiales. Se identifica con las propias riquezas. El mismo se convierte en campo, grano, trigo, almacén, número, cartera. Ya no es un hombre. Es una cosa en medio de las cosas. Los bienes, en lugar de ser vehículos de comunicación, de relación con los otros, para él son cosas a acumular, conservar, proteger, defender. En vez de ser medios se convierten en fin, al que se sacrifica todo. Y terminan por cerrarlo en una prisión. Es un hombre triste; un prisionero. Puede incluso ampliar los almacenes, pero no logrará ya salir de ellos. Es un hombre cerrado, sin futuro ¡y que piensa que está seguro por muchos años!

Cuando se pronuncia la terrible sentencia: «Esta noche te van a exigir la vida», en realidad él ya está muerto desde hace tiempo. La sentencia la pronunció él sobre sí mismo. Con acierto se ha subrayado A. Maillot (de quien tomo alguna de estas observaciones) que más que un castigo es una concesión.

Aquel hombre se le llama necio. Necio, porque funda la propia seguridad en el tener y no en el ser.

Porque se afana por poseer y acumular, en vez de comprometerse a crecer.

Porque se identifica con las cosas, y no las transforma en sacramento de comunión con los hermanos.

Porque cree que mucho dinero significa mucha vida.

Porque piensa que la posesión egoísta da alegría.

Porque no sospecha que, aunque le salgan bien las cuentas, su existencia esta en bancarrota.

Porque está en adoración y no ve más que el propio «yo». No se para jamás frente a un «tú».

Porque no se percata de que la vida va llena de amistad, de don, de relaciones, no de cosas.

Hermano mío, hermana mía, la posesión es siempre limitación. Nuestro espíritu y nuestro corazón tienden a empequeñecerse, a reducirse a las dimensiones de los objetos sobre los que se cierran, a las dimensiones de los bienes sobre los que se repliegan. La facultad de poseer se sitúa al nivel más profundo de nosotros mismos, allí donde un objeto externo puede entrar solamente interiorizándose. Para poseer verdaderamente una cosa, es necesario establecer con ella no una relación de posesión, de agresividad, sino de participación, de maravilla, de contemplación. De aquí la importancia de participar atentamente de la dimensión litúrgica de nuestra fe católica. El hombre o la mujer que participan atentamente de lo litúrgico (y no el hombre o la mujer económicos) es el que está en armonía con todo lo creado.

La tierra pertenece a los mansos, o sea, a aquellos que nada reivindican. Solamente el que ora, teniendo las manos vacías, libres, puede orar en las cosas y con las cosas.

«En la edad media se celebraban las nupcias de Francisco con dama pobreza, se intentaba visibilizar lo invisible, es decir, el secreto que se había hecho en él poesía y felicidad, contemplación y seguridad... Francisco lleva sobre sí mismo el signo de la liberación en la alegría, que es seguridad, y en la contemplación, que es poesía... La historia no ha olvidado todavía a este hombre martirizado en el cuerpo que redescubrió las estrellas, las flores, el agua, el fuego, el sol, los pájaros, toda la creación, finalmente liberada de angustia y hecha verdad y poesía»[1].

Hay un momento, en la misa, en el que se nos recuerda el uso correcto que debemos hacer de las manos: el ofertorio; esas manos que encuentran su función más verdadera en el gesto de la ofrenda. Se nos dieron las manos para dar. Quien las usa habitualmente, sólo para comprar, tener, agarrar, todavía no ha aprendido a usarlas, aunque esté muy avanzado en años. Sobre todo no ha gustado la alegría más grande: la alegría de dar.

Nos preocupamos de enseñar a caminar. Y el día en que el niño da los primeros pasos se celebra como un gran acontecimiento en la familia. Sería necesario hacer fiesta cuando el niño comienza a usar las manos de la única manera correcta, que es la manera del dar.

Nuestras cuentas, a diferencia de aquellas del «necio» de la parábola, saldrán, cuando salgan las cuentas de los otros[2].


[1] La idea es de A. Paoli
[2] Cfr. A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo C. Edit. Sígueme, Salamanca, 1985.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris