Bautízame Señor con Tu espíritu...
Bautízame...
Bautízame Señor con Tu espíritu
y déjame sentir,
el fuego de tu amor,
aquí en mi corazón... Señor,
y déjame sentir,
el fuego de tu amor, aquí en mi corazón Señor.

Lávame Señor con Tu espíritu...
Lávame...
Lávame Señor con Tu espíritu
y déjame sentir,
el fuego de tu amor,
aquí en mi corazón... Señor,
y déjame sentir,
el fuego de tu amor, aquí en mi corazón Señor.

Renuévame Señor con Tu espíritu...
Renuévame...
Renuévame Señor con Tu espíritu
y déjame sentir,
el fuego de tu amor,
aquí en mi corazón... Señor,
y déjame sentir,
el fuego de tu amor, aquí en mi corazón Señor.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris