Viernes Santo 2013


Te miro a los ojos
y entre tanto llanto
parece mentira
que te hayan clavado.

Que seas el pequeño
al que he acunado,
y que se dormía
tan pronto en mis brazos,
el que se reía
al mirar el cielo
y cuando rezaba
se ponía serio.

Sobre este madero
veo aquel pequeño
que entre los doctores
hablaba en el templo,
que cuando pregunté,
respondió con calma
que de los asuntos
de Dios, se encargaba.

Ese mismo niño,
el que está en la cruz,
el Rey de los hombres,
se llama Jesús.

Ese mismo hombre
ya no era un niño
cuando en esa boda
le pedí más vino.

Que dio de comer
a un millar de gente
y a pobres y enfermos
los miró de frente.

Río con aquellos
a quienes más quiso,
y lloró en silencio,
al morir su amigo.

Ya cae la tarde,
se nublan los cielos,
pronto volverás
a tu Padre Eterno.

Duérmete pequeño,
duérmete mi niño,
que yo te he entregado
todo mi cariño.
Como en Nazareth,
aquella mañana,
¡He aquí tu sierva,
he aquí tu esclava!

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris