Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (2013)


La mayéutica[1]es una técnica que consiste en interrogar a una persona para hacer que llegue al conocimiento a través de sus propias conclusiones y no a través de un conocimiento aprendido y preconceptualizado. La invención de este método del conocimiento se remonta al siglo IV a.C. y se atribuye por lo general a Sócrates… desde entonces y muchas veces resulta útil hacerse preguntas, sobre todo cuando se hacen en el silencio de la reflexión o la meditación. Hoy, en este solemne y glorioso día de Pascua, al iniciar la gran fiesta de los cristianos –la gran fiesta de la fe- es bueno que nos preguntemos si sabemos exactamente en qué creemos los que creemos.

¿Qué es ser cristiano? ¿El cristiano, es el hombre que cree en Dios? Sí, pero no es necesario ser cristiano para creer en Dios: hay millones de creyentes que no son cristianos.

¿El cristiano, es aquel que cree en una vida que no termina con la muerte? Sí, pero tampoco es exclusiva nuestra creer en la pervivencia: también hay hombres que esperan otra vida sin ser cristianos.

¿El cristiano, es el hombre que cree en la necesidad de cierto tipo de comportamiento, basado en el amor, en la justicia, en la verdad...? Sí, pero -una vez más- debemos reconocer que no es necesario ser cristiano para creer en la exigencia de un camino de amor, de lucha por la justicia, de búsqueda de la verdad... Hay muchos hombres –Incluso no religiosos- que de hecho procuran vivir así.

Todas estas preguntas no definen lo que es nuestra fe. Pero tampoco basta decir que el cristiano es aquel que quiere inspirar su vida en la palabra y en el ejemplo del Señor Jesús. Ciertamente, el cristiano –como dice la misma palabra- se define en relación, en referencia con Cristo. Pero para nosotros, Jesús no es únicamente un maestro, un ejemplo. Nuestra fe nos pide un paso más, un paso de una importancia -y no lo escondamos: de una dificultad- decisiva.

La pregunta sobre nuestra fe tiene una respuesta precisa y concreta: ser cristiano es creer en la resurrección de Jesucristo. Quien tiene esta fe -con todas sus consecuencias- es cristiano; quien no cree en la Resurrección, no puede llamarse cristiano (por más que pueda ser un hombre admirador de Jesús o un hombre religioso o un hombre justo). Ser cristiano no pide nada más ni nada menos que esto: creer que Jesús de Nazaret, después de seguir su camino de anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios, para ser fiel a ello hasta el extremo, aceptó el camino de la cruz con una fe, con un amor, con una esperanza total. Y que por ello Dios Padre le resucitó, es decir, le comunicó aquella plenitud de vida que Él había anunciado, constituyéndole así Señor –es decir, criterio y fuente de vida-, para todos los que creyeran en Él.

Hay más. Hagámonos otra pregunta: Los que creemos en Cristo resucitado, vivo ¿cómo vivimos vinculados a su vida? La respuesta es sencilla: la consecuencia de nuestra fe en Jesucristo vivo, es que nosotros creemos que su Espíritu –aquel Espíritu de Dios que dicen los evangelios que estaba en él- está en nosotros.

El tiempo de Pascua debe significar para los cristianos un progreso en esta fe en el Espíritu del Señor que penetra, ilumina, fortalece, nuestro camino. Porque es gracias a que el Espíritu Santo está presente en cada uno de nosotros, que todos estamos injertados vinculados con el Señor resucitado.

El error más común de nosotros los cristianos es que nos lo queremos arreglar solos, porque olvidamos el Espíritu de Dios que está en nosotros, como estaba en los primeros cristianos, o peor aún, pensamos que por la repetición de unos actos perfectos vamos a convertirnos en hombres y mujeres perfectos y no es así. Creer en la Resurrección del Señor (¡esto que define nuestra fe) es lo mismo que creer que tenemos en nosotros su Espíritu. El camino no lo hacemos solos: el camino es el Espíritu quien lo hace en nosotros[2].

Y si ésta es nuestra fe, ésta es también la causa de nuestra alegría. Por eso, la Pascua es tiempo de alegría, de fiesta, de abrirnos sin miedo a la vida de Dios. De ahí que ahora, como hemos hecho en la celebración de anoche, en la solemne Vigilia Pascual, renovemos nuestro compromiso bautismal de lucha contra todo mal, de fe en el Padre que es amor, en el Hijo que es nuestro camino, en el Espíritu que está presente y vivo en nosotros.

Renovación de nuestra fe que es renovación de vida y llamada a la alegría


[1] Del griego μαιευτικη, por analogía a Maya, una de las pléyades de la mitología griega.
[2] Cfr J. Gomis, Misa Dominical 1989, 7.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris