V Domingo del Tiempo Ordinario (C)


Cuando alguien nos pregunta –o nosotros mismo, en nuestra reflexión, nos interrogamos sobre quiénes somos- sobre nuestra identidad como cristianos, la respuesta no llega rápidamente ¿Nos cuesta definirnos porque nos cuesta reconocernos? ¿Tardamos en formular lo específico de nuestro ser cristiano porque dentro nosotros mismos no hay cierta claridad?

El Evangelio de hoy –la pesca milagrosa-, al presentarnos la (maravillosa) relación que existe entre Pedro y Jesús, nos ofrece una imagen elemental de lo que es y caracteriza a un discípulo de Jesús.

El primer rasgo es que el discípulo es el hombre que ha puesto una confianza absoluta en Jesús. Es alguien que se ha fiado plenamente de su mensaje. Habiéndolo encontrado, siguiéndolo poco a poco y sin reticencias, reflexionado sobre su modo de ser y obrar, confrontando las palabras de Jesús y su vida, poniéndose a hacer lo mismo que Él y como Él. Aquel que confía en el Señor entra entonces en una aventura peligrosa y, a primera vista, ridícula. Algo que contradice el sentido común ¿A quién, con sentido común, se le puede ocurrir decirle a un pescador, que sabe bien su oficio y que conoce bien las horas y el lugar de la pesca, que lance las redes en pleno mediodía?

Esa entrada de Jesús en nuestro propio terreno, allá donde nos creíamos competentes y seguros –esta vida, nuestra buena vida, esta barca, nuestro oficio y nuestro amor, nuestros amigos y nuestro dinero, nuestros medios de formación, éxito, reconocimiento social, etc.- nos pone necesariamente en crisis. Como Pedro, estábamos hechos para nuestro “mar familiar”, para nuestro ambiente bien dominado, y de repente Él viene a sacarnos de ahí. Viene a criticarlos con su verdad definitiva y es entonces que nos damos cuenta que sabemos poco de aquello en que nos considerábamos expertos.

Sí, con el Señor se rompen nuestras redes, y nuestra barquita llena de razonamientos correctos es incapaz de aguantar tanta pesca de verdad. Cuando bajo ese sol implacable todo se nos cae, como Pedro, es el momento de decir Apártate de mí, Señor, que soy un pecador, para escuchar la voz de Jesús: No temas, desde ahora serás pescador de hombres. Ahí, en esa frase, está el tercer y último criterio de los que nos llamamos seguidores de Jesús: ir a los demás, salir a su encuentro, llevarles algo de ese descubrimiento personal, sacarlos con nuestra propia vida de sus horizontes, ampliar su esperanza y acompañarlos en su tarea de hacer un mundo más reconciliado, más alegre, más justo. Pero ¡ojo! No desde un “yo sí tengo formación y por tanto te voy a ayudar a ti, llevado siempre por tus más bajas pasiones” sino desde un “vamos, caminemos juntos a la luz del Señor”, cosa bien distinta.

Lo que hacemos, y por qué lo hacemos, brota de nuestro ser de seguidores de Jesús. Hace años lo decía Henri de Lubac de una forma estupenda: “¿Cómo presentar el cristianismo? Una única respuesta: tal como lo veis”[1].

¿Cómo presentar a Cristo? Como lo amamos. ¿Cómo hablar de la fe? Según lo que ella es para nosotros. Así, hoy, ¿estamos en disposición de llamarnos seguidores de Jesús?  ■


[1] DABAR 1977, n. 15

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris