Miércoles de Ceniza 2013

Cada uno de los elementos de la liturgia de éste día nos invita a reconocer nuestra debilidad. ¡Cuánta distancia hay entre nosotros y el Evangelio, entre nosotros y la vida de fidelidad totalmente vivida al lado del Señor! Hoy, si volvemos la mirada sobre nosotros mismos, sobre nuestra manera de vivir, sobre nuestra manera de actuar, quizá broten desde lo más hondo de nuestro corazón las palabras del salmo: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado[1].

El Miércoles de Ceniza nos invita a ser sinceros con nosotros mismos. Si nos ponemos ante Dios no podremos gloriamos de nada. ¡Cuánto nos dominan nuestros deseos y nuestros intereses! ¡Cuántas ganas tenemos de imponer nuestro criterio y nuestra voluntad! ¡Qué poca capacidad de renuncia (de dinero, de tiempo, de tranquilidad) para el servicio a los demás! ¡Qué poco nos esforzamos por comprender a los que no son o piensan como nosotros! ¡Cuántos esfuerzos por aparentar lo que no somos!

Y al mismo tiempo la liturgia nos invita también a no quedarnos encerrados en nuestra sinceridad. Si hoy sólo nos dedicáramos a mirar nuestras vidas para darnos cuenta de nuestros fallos y nuestra oscuridad, quedaríamos destrozados. Reconocer la propia infidelidad es a la vez levantar los ojos a Dios con toda confianza, con toda la fe: ¡Misericordia, Dios mío, por tu bondad!

Este miércoles es un buen momento para reconocer nuestro pecado y mirar hacia Dios; para reafirmar nuestra confianza en Su amor. El gesto de la imposición de la ceniza será esta señal de reconocimiento, será como decir: somos débiles, somos pecadores, no acabamos de salir de esta situación, de este estado. Pero no será decírnoslo a nosotros mismos, ni decir que no hay nada que hacer. Será decirlo ante Dios. Y decirlo y reconocerlo ante Dios es decir y reconocer que en Él está el perdón, la vida, la salvación, el amor inagotable. Así, todo esto se convierte entonces en un gran empuje para avanzar, para caminar.

El evangelio habla constantemente de esto: dar de lo nuestro a los que lo necesitan; orar, acercarnos a Dios con todo nuestro ser; nos ha dicho que tenemos que ayunar, que tenemos que renunciar a tantas cosas, y que todo eso lo tenemos que hacer no para que nos vean y nos feliciten, sino por fe, por amor, por deseo de caminar con Dios nuestro camino[2].

Que tengamos hambre de Jesús, que lo busquemos en lo profundo de nosotros mismos con sencillez. Y que al mismo tiempo, esa búsqueda se convierta en una purificación de nuestra vida, de nuestro criterio y de nuestros comportamientos así como en un sano cuestionamiento de nuestra existencia.

Permitamos que la Cuaresma entre en nuestra vida, que la ceniza llegue a nuestro corazón, y que la penitencia transforme nuestras almas en almas auténticamente dispuestas a encontrarse con el Señor ■


[1] Se trata del célebre salmo 51 o Miserere, la Biblia de Jerusalén le pone a este sencillo titulo (Miserere), palabra con la que comienza el texto latino. La introducción al salmo, versículos 1 y 2, dice: «Salmo de David, cuando el profeta Natán lo visitó después de haber pecado aquél con Betsabé». Este salmo penitencial tiene un estrecho parentesco con la literatura profética, sobre todo con Isaías y Ezequiel. Dios, totalmente puro e íntegro, al perdonar, manifiesta su poder sobre el mal y su victoria sobre el pecado (v. 6). El v. 7 nos recuerda que todo hombre nace impuro, y por ello inclinado al mal, Gn 8,21; aquí se alega esta impureza fundamental como circunstancia atenuante que Dios debe tener en cuenta. La doctrina del pecado original quedará explícita en Rm 5,12-21, en correlación con la revelación de la redención por Jesucristo. En el v. 16 se ha querido ver a veces una alusión al asesinato de Urías por orden de David, 2 S 12,9. También se ha leído allí la expresión de la muerte prematura del malvado como castigo por los pecados, según la doctrina tradicional. En el v. 20, al regreso del destierro, se espera, como señal del perdón divino, la reconstrucción de las murallas de Jerusalén. Y el v. 21 es una precisión litúrgica añadida más tarde: en la Jerusalén restaurada se dará todo su valor a los sacrificios legítimos, es decir, oficialmente prescritos. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Confesión de los pecados y súplica de perdón. Es un verdadero acto de penitencia, que según una tradición brotó del corazón y de los labios de David, cuando Natán le reprendió por su pecado. Los versículos 20 y 21 son una adición, hecha después de la cautividad, para adaptar el salmo al estado del pueblo y a sus necesidades de entonces. En el Miserere, el salmista, consciente de su culpabilidad, apela a la benignidad divina. Ya al nacer está envuelto en una atmósfera de pecado porque «pecador me concibió madre» (v. 7). No hay alusión al pecado original, sino a la pecaminosidad inherente al hecho de ser fruto de un acto carnal, que en la mentalidad hebrea implicaba una impureza ritual.]
[2] J. Lligadas, Misa Dominical 1992, n. 3. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris