III Domingo del Tiempo Ordinario (C)


La primera lectura de éste domingo –el tercero del tiempo ordinario- presenta el contraste entre la tristeza de unos y la invitación a la alegría de otros: el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley, pero que quienes la proclamaban dijeron: No hagáis duelo ni lloréis. Comed, bebed y enviad porciones a quien no tiene. No estéis tristes pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza[1].

Todo eso sucedió hace mucho tiempo, pero me pregunto si hoy no sucede exactamente lo mismo. Seamos sinceros: cuando pensamos en la Voluntad de Dios, en su Ley, cuando escuchamos su Palabra, ¿no es verdad que hay más sentimientos de tristeza que de alegría? Desafortunadamente nos han presentado –y predicado- la fe como una serie de preceptos y prácticas que recortan, sin motivo, la alegría de vivir. A veces nos han presentado la fe como una serie de noes que invitan a ver la fe como un vestido viejo y pasado de moda. Además ¿no pensamos o hablamos más de Dios en los momentos de tristeza que en los de fiesta y alegría?

Las palabras del evangelio están en una línea absolutamente opuesta, él toma unas palabras de Isaías que son anuncio de la buena noticia de libertad, de luz, de gracia[2]. Nuestra fe no es por tanto tristeza sino alegría, no es limitación o coacción, sino libertad, no es obligación y oscurantismo sino gracia y luz. En menos palabras: el evangelio es un anuncio de libertad, de alegría, de salud. Este es el auténtico cristianismo, y si no lo sentimos así, significa que no estamos viviendo uno auténtico. En otras palabras: si tu espiritualidad te llena más de tristeza que de alegría, si tu manera de relacionarte con tu Dios se pierde en una maraña de normas, preceptos y costumbres, significa que hay algo que no está bien y que debes cambiar.

Un ejemplo concreto de lo dicho hasta ahora es la Eucaristía del domingo. La misa dominical tiene el mismo ritmo que la reunión de la que nos hablaba la primera de las lecturas. También nosotros ESCUCHAMOS la Palabra de Dios, la EXPLICAMOS, y la CELEBRAMOS con un banquete de acción de gracias.

Pero anunciar la Palabra y celebrar la Eucaristía, es al mismo tiempo anunciar la buena noticia de salvación, de liberación del pecado, de alegría. La verdad es que nuestras asambleas no son lo alegres que debieran, lo fraternas que debieran, lo evangelizadoras que debieran ¿y cómo van a serlo si venimos como obligados, como desencantados, si a menudo llegamos tarde?

La actitud hacia la Eucaristía es el termómetro de la vida espiritual. ¿No deberíamos vivirla convencidos que es el mismo Jesucristo quien anuncia, como en la sinagoga de Nazaret, la alegre Buena Noticia de libertad y de vida?[3] Un buen punto para reflexionar en esta mañana del domingo ■


[1] Cfr Neh 8, 2-6.8-10.
[2] Cfr Lc 1, 1-4; 4, 14-21.
[3] J. Gomis, Misa Dominical, 1986, n. 3.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris