Solemnidad de la Natividad del Señor (2012)


El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros[1]. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que Dios se hace hombre, como uno de nosotros, que Jesús es el rostro de Dios, el lugar de Dios para el hombre.

Así, la pregunta por Dios del hombre de hoy y de todos los tiempos es la pregunta por Jesús. En otras palabras: la revelación de Dios es la persona de Jesús. Las palabras de Jesús son palabras de Dios, las actitudes de Jesús son actitudes de Dios. Para el cristiano, Dios es Jesús y Jesús es Dios.

El Dios del que nos habla toda la Sagrada Escritura –en especial el Evangelio- no es algo indefinido y lejano, sino algo personal y cercano. Es alguien, es una persona, es Jesús que acoge y perdona. La respuesta a este Dios que es hermano y padre a la vez es la fe y la confianza.

El Dios de Jesús es un Dios que salva, que libera. Es el Dios del Éxodo y de los profetas y que se hace presencia viva en la sinagoga de Nazaret cuando se anuncia la llegada del Reino de Dios y la Buena Noticia, porque los pobres y los pequeños son liberados de la esclavitud y de la opresión.

Un Dios de futuro y de esperanza más que de pasado. Un Dios que más que existir, viene, y no atrapado, ni por el tiempo ni por el espacio, ni por la idea ni por el poder.

Un Dios que se hace hombre, que apuesta por el hombre, encarnado, metido en la historia, que está a nuestro lado y pelea con nosotros contra las fuerzas del mal. Un Dios fiel y presente. Comprometido por el hombre y muy especialmente por los pobres y pequeños. Un Dios débil, que sufre y muere como uno de nosotros, solidario con nuestros dolores…

Y una cosa hay que tener bien clara en la pregunta o búsqueda de Dios. Jesús es el rostro de Dios, no Juan. El profeta es sólo el precursor, el que pone en la pista de Dios, pero no es el camino, ni la vida, ni la luz; no es el rostro ni el lugar de Dios. Tampoco lo es la Iglesia, ni el papa, ni los obispos. Mucho menos los monseñores, aún cuando sean marqueses. Todos, como Juan, somos o intermediarios o testigos –como el evangelista, que ha contemplado su gloria y lo transmite para que se propague la luz y se extienda la vida. A Dios nadie lo ha visto jamás. Hemos de estar en guardia para que no caer en trampas o triunfalismos o mesianismos. Sólo Jesús es el verdadero rostro de Dios, Aquel que puede darnos la eterna felicidad.

A lo largo de toda la historia encontramos personajes de un atractivo que arrastra a las personas. Tipos que hablaban –o hablan- de otros mundos, de otras esperanzas, de otras emociones, de otras maneras de vivir aquí abajo. Algunos son renovadores religiosos que soplan sobre las ascuas medio cegadas por el rescoldo de cenizas y las convierten en lumbres nuevas y de una combustión que hipnotiza, que atrae, que verdaderamente llama la atención. Otros son revolucionarios. Algunos políticos. Y los humanos los seguimos con ojos encendidos por el fervor, por el apasionamiento, o por la peor de las fascinaciones: el fanatismo. Tengo para mí (y me la digo con relativa frecuencia) que no es bueno servir a señor que muera, y que hemos de huir de aquel que prometa la felicidad a cambio de hacer ciertas normas o ciertas prácticas religiosas.

La Iglesia tiene un papel fundamental en todo esto. La Iglesia nos muestra el camino hacia Dios. Nos pone delante de Él. Ella debe ofrecernos el conocimiento de que ya estamos salvados; esa es su primera misión: anunciar la salvación gracias a Jesucristo, y caminar con los hombres el camino para alcanzar la alegría, a través de esa maravilla que son la Eucaristía, la Confesión y el resto de los sacramentos.

La Palabra se hizo carne y hoy lo celebramos con la liturgia. Dios no es una sombra, un sueño, una ilusión sino una realidad tangible. Vino para acampar entre nosotros. Este ha sido siempre el modo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Desde la revelación en el Sinaí, Dios ha estado en medio de su pueblo. La tienda primero, el templo después. Ahora esta presencia se ha hecho real y viva con la vida del hombre. La encarnación es el primer momento de esta morada de Dios entre los hombres y tendrá su realización plena en la resurrección ■




[1] Jn 1, 14. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris