María es la cantora de la Iglesia,
salmista y profetisa y citarista,
salterio de David para nosotros,
narrando a Dios la Historia del Mesías.

María es la cantora del Espíritu,
la voz para su Hijo, que la habita,
y a Él, su Salvador, ofrece el himno
que Dios puso en el germen que palpita.

María es la canción de los humildes,
la gracia con el mundo en armonía,
el cántico del culto en el Espíritu,
liturgia viva y nueva sinfonía.

María es mi canción – ¡albricias, Madre! –
¡Magníficat del Verbo que venía!,
pureza del Cordero inmaculado,
que Esposa y Madre suya la quería.

Discípulos de un canto regalado,
la vida se hizo amor y poesía,
cantemos, celebremos, adoremos,
la voz con el aliento de María.

La santa Trinidad es nuestro templo:
honor y danza y manos extendidas:
¡mi Dios, Jesús, oh Niño de Belén,
victoria en Cruz, y vida sin medida! Amén
P. Rufino María Grández, ofmcap.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris